ECONOMíA › LA GRAN DEPRESIóN DE 1929 Y LA CRISIS FINANCIERA DE 2008

Fantasmas del New Deal

El tema es excluyente entre los que perdieron millones y los que tiemblan por su jubilación: ¿otra vez lo mismo o una distinta? En medio de la campaña presidencial, parte de lo que hablan los votantes parece salido de la década del treinta, con el fantasma de Roosevelt y su política en el centro de las fantasías, las expectativas y los temores.

 Por Ernesto Semán

Desde Nueva York

El martes a la noche, mientras Barack Obama pasaba fláccidamente por arriba de John McCain durante el debate televisivo, en tres casas distintas de Nueva York la gente empezaba a relatar los primeros impactos de la crisis en las finanzas domésticas. Que AnnMarie Leal decidió postergar un año su jubilación como empleada pública para tener acceso pleno al seguro social después de que se licuara la mitad de su fondo de retiro. Que Javier Jiménez, aun lejos de su jubilación en el gobierno de la ciudad, lleva perdidos 10 mil dólares de su retiro en las últimas dos semanas. Que a Thomas Cross, a mitad de camino de su vida económicamente activa, le desapareció por completo delante de sus narices el fondo reservado para la universidad de su hijo mayor.

A la mañana siguiente, los kioscos estaban empapelados con la tapa del New York Post, el diario de mayor circulación de la ciudad. El fondo negro y las letras grandes en tamaño catástrofe para recordar uno de los lemas más citados de Franklin Delano Roosevelt: “A lo único que tenemos que tener miedo es al mismo miedo”, a lo que el periódico agregaba, “FDR tenía razón por entonces, y tiene razón ahora”.

La frase tiene particular reverberancia en estos días, y a primera vista no faltan razones. Fue parte del primer discurso de Roosevelt como presidente en 1933, en el momento más agudo de la depresión económica norteamericana, mientras acumulaba la mayor cuota de poder posible para avanzar contra lo que describía como el “innombrable, irracional e injustificado terror que paraliza las fuerzas que se necesitan para convertir nuestro retroceso en un avance”. Desde entonces, el lema ha sido usado, manipulado, acomodado, en boca de todos, adaptado, convertido en un tupperware en que (casi) todo cabe. El mismo día en que el Post –un diario conservador y popular cuyo dueño es el magnate australiano Rupert Murdoch– tocaba su vena histórica más populista, la dirección del Investment Strategy Group de Goldman Sachs envió un e-mail a los ejecutivos y empleados de su Private Wealth Management que empezaba proclamando: “A lo único que tenemos que tener miedo es al mismo miedo”. La firma machacaba con que “lo que no se justifica es el temor a que estemos en una senda económica similar a la de la Gran Depresión”, e invitaba a sus empleados a que incitaran a sus clientes a expandir “incrementalmente” sus portfolios, estimando que los stocks subirán un 30 por ciento en los próximos nueve meses.

“Codicia, eso es. Codicia”, dice Gus Vlahadhas mientras manosea la tapa del Post por quinta vez en lo que va de la mañana, buscando la nota sobre Richard Fuld, el jefe de Lehman Brothers al que un vecino lo bajó de una trompada mientras corría en la cinta del gimnasio. Gus es el dueño de Tom’s Diner, uno de los bares más tradicionales de Brooklyn, favorito de bomberos, policías y trabajadores hasta la última década en la que la nueva vecindad le agregó nuevos clientes y turistas y largas colas en la puerta y buenas críticas en los medios. Gus recorre las mesas y conoce a la mayoría de los clientes, en línea con la tradición de su padre Tom, que fundó el Diner en 1936, justo durante la Depresión que hoy está en boca de todos. Entre la mayoría de inmigrantes griegos que motorizan “diners” de los Estados Unidos, la figura de Roosevelt tiene dimensiones épicas. Desde el recuerdo de Gus hasta la paredes del modesto café de Pittsburg –la vieja capital de la siderurgia– donde aparece junto a todas las leyendas griegas imaginables, el presidente norteamericano es el sinónimo del clima de movilidad social ascendente en el que crecieron estos negocios.

“¿Qué puede hacer uno?”, se pregunta a sí mismo. “A mí los precios mayoristas me subieron como loco, pero yo no puedo aumentar nada, así que uno se acostumbra a ganar menos y menos. Si sobreviví antes, voy a sobrevivir ahora.” En el “qué se puede hacer”, más que en la licuación de su margen de ganancia está la clave de por qué ésta no es la Gran Depresión, ni lo que viene será el New Deal.

En una semana en la en que todo temblaba, George Bush decía con razón que la recuperación llevará tiempo, y el debate presidencial reventaba todos los ratings, mucho se preguntaban por qué Obama no aprovechaba para proyectarse épicamente hacia el futuro, dejar un poco de lado la enésima explicación sobre el impacto de su política impositiva en el primer quintil de la economía, anunciar un programa masivo de recuperación y convocar al pueblo norteamericano a una gran cruzada para retomar la calidad de vida perdida. Se preguntaban, a su modo, por qué Obama no hacía un poco de Roosevelt.

El candidato demócrata tendrá sus razones logísticas. No sólo no cambiar de estrategia si la actual le da resultados, sino evitar que gestos más enérgicos se procesen bajo los códigos racistas impregnados en este país: una parte no menor de la sociedad norteamericana aún se incomoda si el que levanta la voz es un negro. En aquel entonces, la alianza social del New Deal tuvo en la clase trabajadora blanca su sustento más poderoso. Hoy, el Partido Demócrata perdió trozos de ese sector, los que quedan adentro fueron los más resistentes a su candidatura durante las primarias, y en cualquier caso la clase trabajadora casi desapareció de sus campañas electorales, reemplazada por una vaga clase media que representa la misma cosa con distinto tenor. Parece una broma de hoy, pero para volver a escuchar la expresión “clase trabajadora” en el centro de la política hay que escuchar los discursos de Sarah Palin reclamando el legado de “los trabajadores americanos”, o ir al Museo de la Ciudad de Nueva York, que en estos días monta una exhibición sobre campañas electorales. En ocho pantallas distintas se repiten los avisos de todas las elecciones desde 1956. En 1976, Carter y Ford llaman insistentemente a la clase trabajadora, que de ahí en más empieza a desaparecer del lenguaje político local.

Parte de esa clase trabajadora que emergió con el New Deal desapareció junto con los pueblos donde vivía. En localidades como Brownell, en medio del estado de Kansas, el cartel rotoso invitando al picnic del día del trabajo es el único recuerdo de que alguna vez allí vivieron –y no muy bien– centenares de trabajadores rurales e industriales. Difícil de imaginarlo en el pueblo fantasma que es hoy, cuyo último censo registró 48 habitantes.

La mesa de lujo

A otros lugares, el debate sobre el New Deal apenas llega, como a la mesa en donde Alain y su mujer celebraban el cumpleaños de su hija A. al día siguiente del debate. Alain es un francés con enormes inversiones inmobiliarias, que reparte su tiempo entre París y Greenwich, el exclusivo suburbio para nuevos y viejos ricos de Connecticut “que tiene de bueno que uno puede bajar e ir a la cancha de fútbol, caminar, no usar el auto, disfrutar y preservar el medio ambiente”.

La cena infinita para quince amigos es en Compass, un restaurante desmesuradamente caro del Upper West Side de Manhattan, al lado del más tradicional Café Luxembourg. Son las siete y media de la noche del miércoles y ambos restaurantes están casi vacíos. En la sala vidriada reservada por Alain, la crisis y la política son un paisaje de fondo, un ruido en la conversación anodina de todos los días. Aquí, donde las pérdidas están siendo millonarias, la debacle apenas si le da contexto a la despedida del socio comercial que se marchó a Nuevo México, o para que Steve despotrique contra su hermano que acaba de perder fortunas por actuar irresponsablemente y reivindique a su padre por haber sido prudente. Steve, que vive y vota en Ohio, tiene un fondo de inversión que controla, entre otras cosas, una cadena nacional de importación y distribución de bebidas alcohólicas. Definido como un “conservador fiscal” con un paladar “certificado” por la industria del vino, Steve replica los gestos que los profesionales de la industria del vino han expandido en las últimas décadas, exhibiendo en público los procedimientos de catación otrora reservados a la privacidad de las bodegas. Cuando el vino llega a la mesa, después de zarandear la copa por unos segundos, toma un pequeño trago con el que enjuaga su boca, regurgita en la mesa y emite los sonidos de quien está preparando una escupida. “Hmm... Anchoas, madera, anís... Excelente, Alain”, dice por fin, y puede dedicar unos instantes a repasar la política de estos días, con más desdén por la simpleza provinciana de Palin que por las ideas de Obama.

Entre las muchas cosas difíciles de imaginar, el New Deal produjo una abrupta disminución de la brecha social de los Estados Unidos, cuyo uno por ciento más rico pasó de concentrar el 21 por ciento de la renta antes de la depresión a menos del 12 a la salida de la misma, mientras los ingresos asalariados crecían en consecuencia. Una curva similar a la que luego viviría Argentina durante el peronismo; algo que Perón entendió primero que nadie y no se cansaba de presentar a su incipiente movimiento como un legado “del gran presidente Roosevelt” en “la lucha para su-bordinar a las plutocracias al poder público”.

A otros, no tan ricos, el New Deal les parece tan lejano como preocupante. Como a Mark Fornasiro, de Nueva Jersey, a quien incluso el tono de Obama le hizo sonar las alarmas. Mark sobrevive con alguna comodidad invirtiendo en el sector de transporte, y en un café de Washington Avenue, en Hoboken, al otro lado del río Hudson frente a Wall Street, aún se pregunta “si Obama es suficientemente capitalista como para no agregar aún más riesgos”, después de escuchar que el candidato demócrata no promoverá acuerdos de libre comercio, no con el énfasis de sus predecesores.

En verdad, hoy por hoy, la crisis apenas tiene reminiscencias semánticas con el crac que dio origen al New Deal. Y es difícil imaginar que llegue a parecerse a aquella debacle, que combinó un desempleo del 25 por ciento (frente al 6 por ciento actual), una caída de la actividad industrial del 40 por ciento y la desintegración de buena parte de la estructura productiva estadounidense. Y si eso explica en parte los límites de la vieja retórica, tampoco es motivo de optimismo para los 3,6 millones de personas que perdieron sus casas en los últimos 18 meses, ni para los que tienen sus finanzas empernadas entre la inflación y la falta de crédito. Margaret Palca cree que la idea de cerrar el café y la panadería mayorista que conduce desde hace veinte años es algo para considerar. “No quiero cerrar, soy panadera y es lo que sé hacer y me gusta, pero tampoco quiero perder más y más plata”, dice con algo de brillo involuntario en sus ojos.

Margaret es una mujer pequeña pero dura, de ojos claros y voz tersa. Se sienta en una mesa de su café, las manos con marcas de harina y chocolate, al final de un día infinito. Con el delantal y el pañuelo blanco, corporiza como pocas el ideal de mujer trabajadora de la iconografía soviética. Tiene una lectura atenta y personal de las finanzas de su negocio sobre la calle Columbia, en Brooklyn, recuerda que la caída en las ventas del 2001 arrancó mucho antes de los atentados terroristas del 11 de septiembre, y que en verdad “el Halloween de ese año fue uno de los que más trabajo hubo, la gente necesitaba juntarse”. Con tono muy bajo, agrega que “pasamos por distintas etapas, pero ésta es la peor”.

Margaret es la hija de Alfred Palca, el guionista de Hollywood que rechazó delatar colegas o escribir con seudónimo y fue condenado al ostracismo durante el macartismo. De los que no fueron Alfred Palca en esos años, Orson Welles decía que “la izquierda francesa colaboró con la Gestapo para salvar a sus hijos y sus mujeres; la izquierda norteamericana lo hizo para salvar a sus piletas”. “Estoy muy orgullosa de mi padre”, acota ella. Hoy, su café es uno de los pocos en la zona que no ofrece el New York Times ni conexión a Internet; una nutrida clientela fiel de vecinos y trabajadores de la zona parece indiferente a la competencia, y más dependiente de los panes y masitas del local. Pero los problemas de Margaret golpean en la distribución mayorista, “porque no puedo reducir más mis márgenes. Hace un año yo pagaba la bolsa de harina de 100 libras (unos 45 kilos) a 20 dólares. En unos meses pasó a 60, y ahora está en 39. La cuenta de electricidad aumentó un 20 por ciento, no tengo manera de trasladar todo ese aumento ni de absorberlo”.

Los dos cracs

Por donde se la mire, la analogía con la Gran Depresión no es históricamente exacta. Más bien, invita a hacerse una idea del presente. No tan distinto a cómo la opción entre Kirchner y López Murphy definía ideas sobre por qué había ocurrido la debacle del 2001 en la Argentina, en la retórica del New Deal se cifra qué lectura hacer de la crisis actual. Con la quiebra de Fannie Mae y Fre-ddie Mac, firmas destinadas a agilizar créditos hipotecarios entre sectores populares y cuya caída está en el centro del crac actual, muchos explican la crisis en torno del argumento de que, en verdad, el problema fue haberle prestado plata a la población de bajos ingresos. Con todas sus imperfecciones, la figura del New Deal es un formidable contrapeso a esa idea, aun si de ahí no se desprende una política de obra pública como la de los años ’30.

El viernes, antes de las 10 de la mañana, el Dow Jones seguía cayendo mientras en el edificio de la Corte del estado de Nueva York en Brooklyn se armaba una pequeña fila para emitir los primeros votos de la elección presidencial. Algo menos de veinte personas –casi todas mujeres negras, de entre treinta y sesenta años– esperaban para emitir su voto anticipado por razones de fuerza mayor (cada estado regula de forma distinta el voto por anticipado). Apenas media hora antes, en el pueblo de Chillicothe, en Ohio, Obama hablaba para una pequeña multitud entusiasta de trabajadores blancos: “En Estados Unidos hay trabajadores y tecnología y coraje para salir de esto. Hay que animarse al cambio. A lo único que tenemos que tener miedo es al mismo miedo”.

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Brownell, Kansas, uno de tantos pueblos de clase obrera abandonados por la desindustrialización del país.
 
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