EL MUNDO › ESCENARIO

Uno más por Gipper

 Por Santiago O’Donnell

Llegó octubre y el mundo se puso un poco más peligroso. En las últimas tres elecciones los republicanos no han dudado en construir campañas alrededor de lo que llaman seguridad nacional, o sea conflictos armados en el resto del mundo.

Una declaración de guerra, una ciudad destruida y un plan de ataque nuclear han servido para ambientar el último mes de las últimas tres campañas electorales. Todas en octubre y con los republicanos en el poder, como ahora.

El actual candidato, John McCain, encaja perfecto en esta estrategia. Ha construido su carrera política alrededor del tema. Norteamericanos de todos los colores asocian su nombre con “héroe de guerra”. Encima viene perdiendo. Tiene dos guerras, pero nadie les presta atención.

Sólo hace falta un chispazo. Un guiño de la persona indicada. Y muchas ganas de ganar.

El guión lo escribió un mediocre actor de Hollywood. Ese actor se hizo famoso por un breve papel en el clásico Knute Rockne All American (1940), un drama basado en una historia real. El actor hacía de Gipper, un jugador de fútbol americano que contrae una enfermedad terminal. En la escena culminante, el equipo rodea su lecho de muerte. “Cuando las cosas no vayan bien, acuérdense de mí y ganen uno por Gipper”, pide él con su último suspiro. Al poco tiempo el entrenador recuerda esas palabras antes de un partido muy difícil. El equipo sale a la cancha hecho una tromba y da un batacazo histórico. El entrenador se consagraba.

Cuarenta años más tarde Ronald Reagan, Gipper, llegaba triunfante a la Casa Blanca. Al principio las cosas se le complicaron un poco. Había armado una tramoya secreta para venderles armas a los iraníes y financiar la contra nicaragüense con el dinero obtenido. Todo muy ilegal, y la prensa se había enterado.

La película se repetía, solo que esta vez con Reagan en el rol de veterano entrenador. Venía mal, pero tenía un gran equipo: el ejército norteamericano. Había que ganar uno más por Gipper.

Entonces, el 25 de octubre de 1983, Reagan lanzó la operación “Furia Urgente”, la primera intervención militar estadounidense desde el fracaso de Vietnam. Eso sí, eligió un blanco accesible: la isla de Grenada. La excusa fue la construcción de un aeropuerto para turistas con capitales mexicanos y canadienses. Para Reagan se trató de “una puerta de entrada para el complejo militar cubano-soviético”. La invasión restauró el orgullo herido en Vietnam y restauró la confianza en los militares tras el torpe operativo militar de Carter para sacar rehenes de Irán. Exito de taquilla. Reelección asegurada. Desde entonces, cuando las cosas vienen mal, los republicanos repiten la misma película.

Después de Reagan llegó Bush padre. Su gobierno alcanzó picos de popularidad con dos triunfos fáciles, casi sin arriesgar: la invasión de Panamá en 1989 y la de Kuwait en 1990. Pero la recesión del ’91 lo sorprendió. No supo qué hacer y ni siquiera era actor como para disimularlo. Al año siguiente perdió la reelección y volvieron los demócratas de la mano de Bill Clinton.

Durante la administración Clinton no hubo superproducciones bélicas. Los demócratas sufren los conflictos armados tanto como los republicanos los exprimen. Así como Kennedy sufrió con los misiles cubanos, Lyndon Johnson con Vietnam y Jimmy Carter con los rehenes de Teherán, Bill Clinton sufrió con el “Octubre Negro” de Somalia en 1993. La guerra de las Balcanes de 1995 Clinton la peleó a regañadientes, en avión y bajo bandera de la OTAN. Salió relativamente ileso. Como dicen los estadounidenses: “No harm, no foul” (si no hubo daño, no hubo error).

Pero la economía doméstica funcionaba como un relojito y eso le alcanzaba a Clinton para ganar elecciones. Hasta que un día Monica Lewinsky se fumó un habano en el Salón Oval. La reacción conservadora barrió con los demócratas y el fundamentalismo religioso de Bush hijo se impuso en las elecciones del 2000.

Después del 9-11, Bush hijo no tuvo que pensar mucho. Una vez más, era hora de salir a la cancha. El público lo pedía a gritos. Al mes siguiente empezó la invasión de Afganistán. Una guerra en serio, una guerra difícil.

Bush hijo tenía un asesor, Karl Rove, que le manejaba las campañas. Rove estaba convencido de que cuando se acercan las elecciones, no hay nada mejor que ganar uno por Gipper. A partir del atentado a las Torres Gemelas, diseñó todas las campañas de Bush alrededor de sus guerras.

En octubre del 2002 se venían las elecciones legislativas. Bin Laden no se mostraba y Afganistán no movía el amperímetro. Entonces Rove echó a rodar la bola de las armas de destrucción masiva escondidas en Irak. Indignado, Bush hijo pidió autorización al Congreso para atacar a Saddam Hussein. El 11 de octubre lo obtuvo con un voto que alineó a media bancada demócrata detrás del Comandante en Jefe. Tres semanas después los republicanos ganaron las elecciones por goleada.

En octubre del 2004, la campaña para la reelección encontró a Bush en el pantano. Sin embargo, Rove insistió con el mismo libreto. Ese mes, el ejército norteamericano lanzó la operación Furia Fantasma, su ataque más potente desde el inicio de la guerra. El blanco elegido fue el enclave sunnita de Faluja, a 40 kilómetros de Bagdad, también conocido como “la ciudad de las mezquitas”. Sesenta de esas mezquitas fueron destruidas por las bombas preelectorales y Bush pudo abrochar su reelección sin transpirar demasiado.

En octubre del 2006 la cosa venía muy mal de cara a las legislativas. La película de Irak ya cansaba. Demasiada retórica hueca, demasiados soldaditos muertos. Entonces Rove le apuntó los cañones a Irán. El Pentágono trazó y filtró planes para un ataque nuclear. El 2 de octubre Bush mandó al portaaviones nuclear Eisenhower al Golfo Pérsico. El diario francés Le Canard Enchainé hasta le puso fecha al bombardeo: 15 de octubre, poco más de dos semanas antes de la elección. El mundo según Rove seguía siendo demasiado peligroso como para confiárselo a los demócratas. Al final los militares convencieron a Bush de que atacar Irán con dos frentes abiertos era una locura. Sin bombardeo atómico, Bush perdió la elección del 2006 por paliza.

Así llegamos a octubre del 2008. Rove ya no está en el gobierno pero sigue teniendo línea directa con la Casa Blanca y el cuartel general de la campaña republicana. Esta vez el candidato no es Bush, sino un viejito con cara de bueno que se llama John McCain.

El candidato republicano tiene muchas cosas de Reagan, al que no duda en llamar “mi héroe”. Usa el mismo tono de voz controlado que usaba Reagan, el mismo hablar jaspeado, la misma forma de estirar las palabras con énfasis en la “e”, como en “Ameeeerica”, “freeeedom”.

Políticamente son muy similares también. Reagan se ganó el voto de la clase media bajando impuestos y pateando la deuda para más adelante. Populista en algunas cosas y neoliberal en otras, pasó una reforma migratoria que legalizó a miles de indocumentados mientras aumentó la represión sobre los demás. Y restauró el dominio militar de Estados Unidos en el mundo.

McCain quiere hacer más o menos lo mismo. No está para hacer números, es un héroe de guerra. Un duro como Reagan, como Gipper, como el entrenador de fútbol americano. El mismo personaje.

Pero esta vez la película no vende. La economía es un desastre, Obama se escapa en las encuestas y los demócratas ya saborean su vuelta a la Casa Blanca. El tiempo se acaba y los republicanos lo saben.

Para competir con la épica “Salvados por un Kennedy negro” que proyectan los demócratas, les urge estrenar una buena película de acción, de esas que hacen brillar a los héroes republicanos. El problema es encontrar un escenario adecuado.

Latinoamérica está a salvo porque no tiene locaciones taquilleras. Sus actores no asustan y no hacen llorar. Ni siquiera son graciosos. El descalabro en Wall Street es tal que sólo sirve un clásico rival. Alguien como Bin Laden, los ayatolas, los rusos o los chinos. Alguien que asuste en serio, alguien con punch.

Pero los chinos están tranquilos, a los besos con Taiwan, y los tibetanos ya fueron. Los rusos se portaron como colegialas esta semana cuando la Unión Europea los invitó a salir de Georgia. Bin Laden está desaparecido y los iraníes no dicen ni mu. Nadie quiere ayudar a los republicanos.

Por eso no sería extraño, ahora que las cosas le vienen mal, que enciendan fuegos de octubre en algún paraje lejano. No sería la primera vez que lo hacen por Gipper.

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