EL MUNDO › ENTREVISTA A ROCIO GALLEGO RODRIGUEZ, PERIODISTA DE EL DIARIO, DE CIUDAD JUAREZ

“Matan sólo por mostrarse”

El oficio periodístico se vuelve una cuestión de vida o muerte en ciudades dominadas por la violencia del narcotráfico. La guerra entre los Zetas y el cartel de Sinaloa mantiene en vilo a Ciudad Juárez y toda la provincia de Chihuahua.

 Por Darío Pignotti

Desde Ciudad Juárez

Las noticias de la semana pasada en el estado de Chihuahua, fronterizo con Estados Unidos, fueron el asesinato del periodista local Abel López y el empate del ascendente Xolos de Tijuana 2-2 ante Santos Laguna, resultado que consolidó como líder del torneo Apertura al equipo chihuahuense donde brillan varios argentinos; unos días antes el hecho que dominó los titulares de la prensa había sido la muerte “en un tiroteo con efectivos de la marina” de El Lazca, jefe de los Zetas, el cartel formado por desertores del ejército y probablemente el más temido por los reporteros.

“Desde que empezó la confrontación abierta entre militares y narcos y de narcos entre sí, hace seis años, la guerra es nuestro tema central, tenemos una pizarra donde llevamos la cuenta de cuántos muertos hay cada semana, es la estadística de la ignominia”, relata Rocío Gallego Rodríguez, periodista de El Diario de Ciudad Juárez, el epicentro de la violencia en Chihuahua.

“A los periodistas se nos hizo costumbre convivir con el riesgo porque informar se puede pagar con la vida. Y esto no pasa sólo en esta ciudad particularmente insegura y en nuestro estado, te diría que peor es el cuadro en (el estado de) Tamaulipas; hacer periodismo serio, veraz sin ceder a la presión de los traficantes, de la policía y de los militares, es una profesión altamente peligrosa en todo el norte mexicano.”

“Y la población vive una situación ambigua, por un lado las personas están aterrorizadas y, por otro, fueron acostumbrándose a salir de sus casas asumiendo que pueden morir en un tiroteo cuando llevan sus niños a la escuela o en el mercado.”

Rocío Gallego Rodríguez me recibe en su oficina de editora de El Diario, uno de los más asediados por las mafias que dominan Chihuahua, por donde se envía buena parte de la cocaína consumida en el mercado norteamericano e ingresan, de contrabando, fusiles y armas antiaéreas procedentes de Texas o California.

Los Zetas y el cartel de Sinaloa “están combatiendo por el control de esta plaza estratégica que es Ciudad Juárez. En la línea de frente hay sicarios terribles, ellos matan hasta por el gusto de mostrarse y ser temidos, andan en sus súper camionetas vistiendo ropas caras, escuchan sus narcocorridos, alrededor de todo esto hay una cultura con códigos. Tú los ves y dices, ahí va un gatillero o una gatillera, que ahora también las hay”.

Es cierto, la presencia del tráfico puede olerse en cada canto de Ciudad Juárez, donde brotan islas de prosperidad kitsch financiadas con narcodólares. A una cuadra de la sede de El Diario, sobre la Avenida Paseo del Triunfo de la República, se encuentra el hospital público de varios pisos que años atrás era una de las tantas propiedades de un traficante “y las autoridades después de expropiarlo optaron por instalar allí un centro médico para que el capo no pudiera recuperarlo”, me cuenta Adolfo Castro Giménez, de la Comisión de Derechos Humanos de Chihuahua.

En el pequeño aeropuerto de Ciudad Juárez, enmarcado por colinas desérticas y bajo custodia militar, las estanterías de su único Mini Market exhiben libros como México Narco, Cartel de los Sapos, Los señores del Narco.

Diego Enrique Osorio es oriundo de Monterrey, otra de las capitales norteñas devoradas por la barbarie, y autor de La guerra de los Zetas, un libro que, según reveló en una entrevista publicada ayer, “lo hice porque tenía mucho miedo y mi forma de controlar el miedo es hacer periodismo. La gente vive cosas espantosas... después de una matanza que deja 49 torsos humanos en las afueras de Monterrey yo no puedo vivir mi vida de manera normal”.

“El periodismo es un juego, pero en esta región es un juego de vida o muerte, y la muerte va ganando... creo que el periodismo de esa región (norte) es más noble porque no se ha rendido...”, sostiene Osorio.

Rocío Gallego Rodríguez va en esa misma línea cuando señala que “acá seguimos peleando para poder escribir noticias de la guerra sabiendo que no podemos exponernos demasiado, algunas historias no las firmamos, algunas fotos tampoco publican el nombre del reportero”.

“Aprendimos que cuando te llega una amenaza la cosa va en serio, en esta redacción tenemos dos compañeros asesinados, Armando Rodríguez, en noviembre de 2008, y Luis Carlos Santiago Orozco, en septiembre de 2010. Hasta ahora los dos asesinatos están impunes. Y otro compañero, Carlos Sánchez, sobrevivió después de que el auto donde viajaba recibió decenas de tiros.”

Desde 2006, cuando asumió el presidente Felipe Calderón, un conservador extremista que cedió a los militares la seguridad interna siguiendo los dictados de Washington, fueron asesinados 67 periodistas, mientras la cifra trepa a 95 asesinatos y quince desaparecidos si el cómputo comienza en 2000. Chihuahua y Tamaulipas con 1300 muertos, cada una en 12 años, son las provincias más violentas.

Rocío acaba de volver de Chiapas, la provincia sureña que fue escenario del levantamiento zapatista en 1994, donde participó en un encuentro junto a otros periodistas con experiencia en cobertura de guerras. “Uno de los temas que siempre analizamos con los colegas es cómo se deforma la información, los enfrentamientos que no se publican, las desapariciones que nadie registra porque no se las denuncia. A las estadísticas de víctimas de este conflicto hay que recibirlas con desconfianza porque las autoridades te ocultan y te mienten, este gobierno no es una fuente confiable.”

Más: policías y militares, cada vez más corrompidos, frecuentemente operan como informantes cuando no como matadores al servicio de los carteles.

Por eso “lo último que hacemos cuando recibimos una amenaza es dar parte a las autoridades, sería como darles un aviso a los narcos, nuestra forma de protegernos es armando una red telefónica entre nosotros y cuidándonos unos a otros. Los narcos y, muchas veces la policía, son nuestra amenaza”.

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Imagen: EFE
 
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