EL PAIS › OPINION

La muerte: una pena

Una reflexión sobre las implicancias políticas y sociales latentes en el discurso de Susana Giménez y otros integrantes de la farándula a favor de la instauración del crimen como castigo.

 Por Eduardo Grüner *

“El miedo originario crea fantasmas absurdos. Evoca mutiladas víctimas de los relatos de Ulrico Schmidl. Sabemos que nos defienden disciplinadas fuerzas del orden, y la oleada del peligro nos llega desde allá (...). La tierra desde lejos nos transmite ese pavor. Un pavor mortecino, húmedo, terrestre y antiguo que también brota al menor descuido. Una ciudad inestable y atroz reposa muda y quieta, dentro o debajo de las otras.” Etcétera, etcétera. Durante unas 300 páginas más elabora ese tono, entre melancólico y apocalíptico, Ezequiel Martínez Estrada en su obra maestra La Cabeza de Goliat. Parece –es casi una banalidad decirlo– “escrito ayer”. Salvo que en su época la luz y el sonido catódico/estupefaciente no se deslizaba todavía en las penumbras íntimas del living o el dormitorio del proverbial “burgués asustado” listo para improvisarse fascista en el desayuno. Ni había, por lo tanto, vedettes ya ni siquiera con la ternura de la decadencia, chocheando gagá-gangosamente, transidas –es probable– de dolor auténtico y sin embargo con la peor mala fe, llamando a un ojo por ojo que, bien lejos de la épica vetero-testamentaria, apenas aspira al patetismo mediocre del susto de casta (adquirida, no adscripta) y la mueca casi última de una Judith con las marquesinas ya quemadas: el que mata tiene que morir, va de suyo, y como esto último nos va a suceder a todos, cuanto más cerca están más quisieran algunos/as, en ese resentimiento, irse acompañados/as. Ella no lo sabe –y por eso dice la verdad–, pero está planteando, por la negativa, un sesudo dilema de ética kantiana: ¿Acaso no tengo derecho a elevar mis pasiones personales a ley universal? Si en buen/a ciudadano/a pienso que el que mata debe ser matado, pero yo, claro, no sería capaz de hacerlo, ¿no debería hacerlo el Estado, “representante” de la voluntad del pueblo? “Hay muchos que piensan como yo” no es una mera falacia estadística: es sensibilidad para procesar una voluntad (incluso una “conciencia”) de clase, más el candor impune proveniente de haber llegado a la “clase”, y no tener que dignificar una prosapia. El Su-tinellismo (que ahora sabemos incluye reflejos spinettistas) no es una insensata farandulada individual: es una influyente configuración político-cultural que –como se dice– “produce subjetividad”. Así que –salvo por el detalle de ese catodismo actual con un poder multiplicador para el terror ya largamente inscripto en el corpus del socius (tema eminentemente león-rozitchneriano, se advertirá)–, salvo por eso, seguimos en don Ezequiel. Quiero decir: evocando “mutiladas víctimas” que vienen del fondo de los tiempos (o de los estómagos de los deglutidores de Garay) para que el pavor mortecino brote al menor descuido –aunque no parece tan descuidado que re-brote, sin duda por azar, casi siempre en calendas electorales–. La div(in)a no sabe –por eso es eficaz– que dice la verdad: los ventrílocuos a los que chiroliza se preparan para gobernar. “La mayor pasión de mi vida ha sido el Miedo”, confesó célebremente, hace tres siglos y medio, Thomas Hobbes, el fundador de toda posible filosofía del Estado “autoritario” (aunque, éste es otro debate que alguna vez habría que hacer: ¿no dice Freud, en algún lado, que el autoritarismo aparece precisamente cuando falla la autoridad?). ¿Por qué habríamos de ser menos los porteños de hoy, con nuestro “pavor” de que en cualquier momento (“por un descuido”) se resquebraje el asfalto de Belgrano o Recoleta y emerja –como en alguna vieja película B de ciencia-ficción en la que los invasores marcianos salían de bajo tierra (¿o era que se levantaban los muertos?: ya no recuerdo)– esa “otra ciudad” inestable o atroz que preferiríamos des-conocer (porque descompensan nuestra energía, parece que dijo otra vetero-vedette, con tonalidades más new age). El miedo fue el tema de Hobbes, en los albores del capitalismo, y sigue siendo el nuestro, en sus estertores indeterminadamente prolongados. Lo conocimos, inflado hasta el horror indecible –ninguna apelación oficial a la Memoria logrará borrar ese recuerdo– del ’76 al ’83. Pero sobrevivió después (es una de esas ciudades escondidas “dentro o debajo de las otras”), trasmutado en hiperinflación o la sorpresa que correspondiera. Hubo que pasar al que se fue (único de los todos que se tenían que ir) en autogiro nocturno, y la re-fundación del 2003 (que no re-fundó nada pero abrió una rendijita de aire fresco hoy un poco enrarecido) para descubrir que estamos otra vez en lo mismo: el tema –o el lévi-straussiano “mitema”– sigue siendo el miedo. Hoy bifurcado, básicamente, en dos fuentes ominosas: por un lado, una vez más, el miedo económico: a saber, la crisis “globalizada” (qué raro: hasta hace unos meses lo “global” era la solución, no el problema), cuya relativa modestia local es mediáticamente sobredimensionada con típica lógica de “profecía autocumplida”; por otro, con renovados bríos, el miedo social: éste, aunque venga del fondo de los tiempos, convengamos en que ha sufrido una pronunciada degradación; si antes era al potencial revolucionario de la clase obrera organizada o al pueblo insubordinado, ahora es al fantasmal lumpenaje de un “más allá” que ni siquiera se sabe bien dónde queda (las fronteras urbanas han devenido lábiles, y ya ni la avenida Córdoba nos garantiza ser norteños), y sólo secundariamente a un “populismo” light que trabaja de chivo emisario por haber renunciado a darse base de masas: del “subsuelo sublevado de la patria” hemos pasado a los “muertos-vivos” surgiendo de los sótanos oscuros, de la policía brava a la UCEP, esa gestapito Macri-biótica. La solución de nuestras vedettes mortecinas (para insistir con ese estupendo adjetivo martinezestradista), altamente representativas –hay que decirlo– de una “clase política” más afecta a las cámaras (las empresarias y las de TV) que a la incómoda calle, es muy poco táctica, y un poco contradictoria: producir más muertos –más fantasmas–, sea por hambre o por “pena”, para poder seguir tranquilamente con los negocios... que están en crisis. Mr. Lynch, se sabe, es más eficaz que la morosa Justicia argentina para tender puentes de cadáveres sobre los ríos infestados de cocodrilos ante los portones del castillete. Es decir, para tranquilizar momentáneamente a los asustados, no importa qué pase después. Y sería ingenuo acusarlos/as de no haber leído a, digamos, un René Girard, con sus explicaciones de la violencia mimética como destructora de toda forma de comunidad, y la idea (a menudo malentendida) de que la “solución” del chivo expiatorio sólo puede ser transitoria: aunque ella sea el origen violento de la Ley, ésta (alguna Ley, no necesariamente las que tenemos) deberá reemplazar la “salida” del asesinato colectivo. O de desconocer las ingentes bibliotecas ya escritas que demuestran la inoperancia de la pena de muerte para reducir la violencia social. Inútil, esa acusación de ignorancia, porque el conocimiento para nada serviría: ante el terror, la única Razón valiosa (con “valor de cambio”, y plusvalor fetichista) es la Razón puramente instrumental, “técnica”, que alienta hoy la bola de nieve de la muerte para algunos para que mañana nos matemos entre todos. Y no es que las causas de esos efectos no sean eficientes: en el reino de la actual (im)política, con la fórmula Miedo Económico + Miedo Social se ganan –se ganarán– elecciones. Ganará, con esa fórmula, cualquiera sea el que gane. Hoy, en el mundo, se gana siempre –lo ha analizado agudamente Alain Badiou para el caso Sarkozy– con el slogan apenas matizadamente único del miedo. Si es por “centroderecha”, es el miedo al “otro” (sin mayúsculas); si es por “centroizquierda” (la mediaclase progre de hoy, sabemos, es extremista de centro y fundamentalista de la moderación) es por “miedo al miedo”: reacción especular del que quiere diferenciarse dentro de la cancha que ha marcado el adversario. Reconozcamos que también aquí hay un cierto declive cultural en nuestros fantasmas. Con una modesta metáfora literaria: si el Quasimodo de Victor Hugo gritaba “¡las campanas, las campanas!”, o el Kurtz de Conrad gritaba “¡el horror, el horror!”, nuestro burgués asustado grita “¡los negros, los negros!”, y nuestro progre bienpensante “¡el campo, el campo!” (todavía no hemos llegado, pero llegaremos, a: “¡el country, el country!”). Dicho sea esto último no para minimizar el desagrado ante la conformación de un sólido bloque de derecha que –miedos y medios mediante– viene galopando al son de los bombos sojeros (y cada vez con menos retenciones en su armado propiamente político), sino para establecer que aún nos falta ver, en la vereda de enfrente de la nueva guardia restauradora, algo realmente diferente, y no un tironeo –quizá defendible en términos de oposición a “lo peor”, pero nada más– en el interior del mismo “campo”. No es entre el miedo y el “miedo al miedo” que hay que elegir. No es entre la “seguridad” y la “inseguridad” (resignada), o entre la pena de muerte y el “garantismo”, que hay que definirse. Mucho menos entre la “seguridad” y la “inseguridad” (¿cuándo, en efecto, estuvo la clase media argentina más “segura” que entre 1976 y 1983?). Desde ya: los ciudadanos argentinos (aun cuando nunca hayan estado en Nueva York o San Pablo, para poder comparar) tienen derecho a sentirse protegidos de los delincuentes. Pero “seguridad” es mucho más que un concepto policial: es –o debería ser– una categoría política completa, que incluye la seguridad al acceso de alimentos, vivienda, empleo, educación, salud. Pero estas ampliaciones del campo semántico, claro, son siempre “a largo plazo”, y no entran en los nítidos dualismos. Así presentados, esos sistemas de oposición binaria son de una insanable mediocridad ideológica y de un avieso cinismo clasista, aunque se los anuncie desde diez radios al mismo tiempo. El efecto que pretenden –al igual que en su momento la oposición blanquinegra “Gobierno/Campo”– es el de dividir a esa entelequia llamada “opinión pública” en bandos congelados, “ontológicos”, que no responden a ninguna relación “dialéctica”, mucho menos a un debate político sustantivo o a una interrogación crítica sobre las condiciones integrales de enunciación de las palabras que se naturalizan. Lo que sí logran es un inmediato efecto “performativo”: si alguien está a favor de la legalización del aborto es automáticamente un asesino de nonatos, si está en contra de la pena de muerte es cómplice de los delincuentes. Hay que escupir esa sopa de letras y armar un nuevo crucigrama. Sentarse a definir los términos y debatir a qué política de la lengua (y, por lo tanto, de todo lo demás) responden esas definiciones. Como se decía en un tiempo: hay que “achicar el pánico” antes de que ese “pavor mortecino” del que habla Martínez Estrada nos deslumbre hasta dejarnos ciegos.

* Sociólogo, ensayista, profesor de Teoría Política (UBA).

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Imagen: Adrián Pérez
 
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