EL PAIS › LAS COOPERATIVAS DE DESOCUPADOS CREADAS PARA REALIZAR OBRAS PUBLICAS

Experiencia en construcción

La idea de armar grupos de trabajo con desempleados fue impulsada desde el comienzo de la gestión kirchnerista. Algunas tienen un largo camino recorrido. Sus integrantes valoran la iniciativa, pero señalan debilidades que ponen en riesgo su continuidad.

 Por Laura Vales

Lleva una camisa de Grafa azul, el más clásico uniforme de trabajo. Pero no siempre fue así; a Mario Barrios le tocó en un tiempo –no tan lejano– estar de-socupado. La compañía en la que estaba cerró y la bajada de persiana fue un empujón que lo metió de prepo en otro mundo. Ahora, seis años más tarde y después de un camino que incluyó la recuperación de su empresa, Barrios es presidente de la Unión Solidaria de Trabajadores, una cooperativa de trabajo del sur de Avellaneda. También es titular de la Asociación de Trabajadores Autogestionados (ANTA), de la CTA, que reúne a desocupados de todo el país que han vuelto a trabajar formando cooperativas.

Desde ese lugar se dispone a contar la experiencia de las cooperativas de construcción creadas desde el Gobierno para hacer obra pública. ANTA las tiene en el conurbano y en el interior desde que se hicieron los proyectos iniciales, barrios de 16 casas construidas por 16 desocupados, en el año 2003. Lo primero que apunta Barrios es que el principal problema histórico desde entonces ha sido la falta de continuidad en los trabajos.

“Voy a hablar de las que armamos nosotros”, propone. “El 60 o 70 por ciento de nuestras cooperativas se cayeron por falta de continuidad. En Salta armamos dieciocho y quedan cinco; de las doce que teníamos en Cinco Saltos, ahora son tres.” Arquea las cejas y trata de explicar cómo suceden las cosas: “Los compañeros se juntan, se organizan cooperativamente como les pide el Gobierno, construyen un barrio y después pasan cuatro, seis o siete meses esperando que les aprueben otro proyecto. En ese tiempo se disgregan, porque nadie –menos una persona que viene de estar desocupado– puede pasarse ese tiempo sin cobrar.”

El problema de no tener ingresos garantizados sucede entre obra y obra pero también en épocas de trabajo, debido a las características del sistema de pagos y a ciertas complejidades burocráticas cruzadas con cuestiones políticas. Claudia Ibarra (compañera de Barrios en ANTA), las traduce. Ella integra un grupo de seis cooperativas de Solano, en Quilmes, que desde el 2003 han hecho diversas obras públicas. En la actualidad están terminando de construir un complejo de viviendas en el Triángulo de Bernal. “Las complicaciones más comunes que tenemos son las certificaciones de obra” (con ellas se controla que cada tramo del trabajo se haya realizado como condición para pagar a los cooperativistas). “Para cada certificación intervienen los tres Estados: el nacional, el provincial y el municipal. Por la burocracia, en lugar de que el trámite esté en diez o quince días, se demora un mes y medio, y en ese tiempo nadie cobra un mango.”

Barrios apunta que el rol de los intendentes del conurbano suele ser especialmente conflictivo porque frenan los pagos si las cooperativas no les responden políticamente. “No creo que ésa sea una estrategia del gobierno nacional, pero sí es la estrategia del intendente.” El dirigente defiende a los programas que desde el Estado generan empleo. “Cuando uno escucha la propuesta, está de acuerdo, es una buena idea la que sale del Gobierno, pero se va diluyendo al pasar por los distintos estamentos. Si todos los años se arman nuevas cooperativas pero no se da trabajo a las ya formadas, pasa lo mismo, la buena idea se pierde.”

Burocracias

La pregunta sería: ¿Se pueden despartidizar estos programas? Del otro lado del teléfono, Isabel Nicolás, conocida popularmente como La Turca, cuenta la situación en Goya, Corrientes. Allí preside una federación de seis cooperativas (96 trabajadores). La federación tiene la particularidad infrecuente de estar dirigida por mujeres. Aunque en las obras hay mayoría de varones, todo el consejo de administración está en manos de ellas.

Empezaron en el 2006 haciendo Centros de Integradores Comunitarios (un programa del Ministerio de Desarrollo Social) y al año siguiente pasaron a hacer viviendas con el Ministerio de Planificación Federal.

“Terminamos un barrio de 16 casas y no nos dieron más trabajo. Como el gobierno nacional está peleado con la provincia de Corrientes, no se ponen de acuerdo la provincia y la Nación. Ahora conseguimos un terreno donde construir un nuevo barrio, que es un lote que nos donó la Municipalidad, pero Nación no nos aprueba el proyecto. Mientras tanto estamos haciendo cordones cuneta, conexiones de agua y cloacas, aunque son trabajos encargados por el municipio. Las cooperativas no se desarmaron, nos seguimos reuniendo, festejamos el 1º de mayo, somos humildes pero muy unidos, pero el trabajo de construcción que tenemos es poco. Nos lo da el municipio, para arreglar escuelas y hacer cordones.”

En el año 2006 ya se habían formado unas dos mil quinientas cooperativas de la construcción (lo que equivalía a unas 40 mil personas cooperativizadas). Tras tomar nota de los problemas que enfrentaban, el Inaes (el organismo del Estado encargado de todo lo relacionado con cooperativas y mutuales) organizó un encuentro de cooperativas de trabajo, que realizó en Chapadmalal. Seleccionaron a las mejores experiencias para conectarlas entre sí, con la idea de que no tuvieran que ir solos a hablar al municipio o reclamar por separado la aprobación de nuevas obras. Buscaban también que el conocimiento acumulado por las cooperativas las ayudara a encontrar el modo de adquirir mayor autonomía.

A partir de ese primer encuentro, las cooperativas siguieron con reuniones regionales y formaron federaciones en variados puntos del país. Aparecieron reclamos propios del sector, como el de una ley específica para las cooperativas de trabajo que proteja a sus integrantes. Aunque no tienen patrón, plantean que no pueden ser considerados como empresarios. Su situación no contemplada legalmente provoca que la mayoría de los sindicatos se nieguen a afiliarlos, por lo que no acceden a una obra social; tampoco cumplen los requisitos de los bancos, por lo que no tienen acceso al crédito. Con esa agenda y ya despegados del Gobierno, este año, junto a cooperativistas de trabajo de otras ramas (textiles, empresas recuperadas, cooperativas tradicionales) crearon una Confederación Nacional de Cooperativas de Trabajo.

El salto

El auto deja atrás viejas cuadras de veredas sin árboles y muros terminados en alambre de púas. Por la avenida Calchaquí al fondo se llega a Florencio Varela, zona de la Federación de Cooperativas de Trabajo Unidas. Sus integrantes son antiguos desocupados que empezaron de la nada, cobrando planes sociales. Su historia arrancó como un parche social, pero hoy dejaron esa etapa muy atrás. Son una organización que da trabajo a mil personas.

Parte de su receta fue que pudieron poner un pie en el sector privado. Cristian Miño, el presidente, cuenta que consiguieron dar el salto cuando, en una obra del Plan Federal cuya licitación ganó una empresa de La Plata, los subcontrataron para hacer el trabajo. Así construyeron el barrio San José. Hay que verlo para tener una dimensión real de hasta dónde llegaron. Miño se ríe: “Todos piensan que somos un emprendimiento que hace veredas hasta que llegan acá”. Son ochocientas ochenta casas de techos a dos aguas, dos plazas y una escuela. El barrio tiene, también construido por ellos, una planta de tratamiento de efluentes. “Las cooperativas pusimos la mano de obra, la empresa que nos contrató hizo la dirección y puso las maquinarias.” La obra les aseguró continuidad de trabajo durante dos años y medio. Y les permitió invertir comprando las primeras camionetas propias. “A fin de año cada cooperativa discute a qué destinar sus ganancias. Se invierte, pero la mayoría de las veces se reparte entre los asociados, porque todavía tenemos muchas necesidades.”

Las fortalezas del modelo están a la vista. ¿Cuáles son las debilidades? Miño no señala al Gobierno ni al mercado, sino que habla de ellos mismos. “El oficio se aprende rápido, pero hasta que una persona se acopla realmente a la cooperativa puede pasar un año, un año y medio.”

–¿Por qué?

–Porque se trabaja distinto, cada uno que entra tiene que cambiar la cabeza. Al principio, por ejemplo, la gente no cuida las herramientas, se mueve como si tuviera un patrón. No funciona en equipo, no se dan cuenta de qué sabe cada uno y cómo puede aportarlo. No siente a la cooperativa como una cosa propia ni saben lo que valen.

–Si el Estado no les encargara más proyectos, ¿ustedes podrían sobrevivir?

Miño aclara que “aunque hagamos algunas cosas para los privados, vivimos de la obra pública”. Lo piensa un poco más y contesta: “La verdad, no sé”.

Lo más difícil

Autonomía es la palabra más difícil. “No alcanza con que el Estado ponga el dinero ni con que nosotros creemos la cooperativa. Hay que acompañarla, darle formación en cooperativismo”, coincide en la entrevista Barrios, y alza las cejas en una advertencia: “También hay que formar cuadros políticos. Porque nuestra experiencia es que las cooperativas funcionan bien si detrás tienen una organización que las contenga, que vaya llenando huecos, que acompañe”.

En el haber, los cooperativistas ponen en primer lugar la recuperación de la confianza en sí mismos. “Lo bueno es que sirvió como herramienta para ponernos de pie. Los que estábamos desocupados volvimos a la actividad y hoy vemos que las cooperativas pueden ser una salida. Nosotros pensamos que el desafío de lo que haga ahora este nuevo plan tiene que ser el de reforzar a los que llegamos hasta acá”, dice Claudia Ibarra.

Barrios completa: “En el haber, el compañero tiene que aprendió el oficio de albañil y puede ir a buscar trabajo a una empresa constructora, aunque no hay que olvidar que en épocas de crisis la construcción baja. Rescato además que un número importante de las viviendas que se construyeron quedaron para la gente que las hizo”.

Para el entrevistado, lo que ha faltado hacer “es sobre todo un trabajo de formación. El problema es económico y es cultural. Es cultural porque hay chicos de 25 años que nunca trabajaron ni vieron trabajar al padre, que crecieron en los comedores populares. Por falta de formación, hay compañeros que cuando llegan, si pueden, te afanan una cerradura. Es económico porque antes, tener trabajo significaba tener cubiertas tus necesidades de comida, educación, techo y esparcimiento, pero hoy los jóvenes te dicen ‘¿para qué voy a trabajar por lo poco que me pagan?’. No les conviene, no solucionan sus necesidades con un trabajo, y menos aún construyen un futuro. Por eso las cooperativas necesitan acompañamiento. No hay que dejarlas en una situación en la que los compañeros sientan que da lo mismo trabajar que no trabajar”.

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Imagen: Gustavo Mujica
 
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