EL PAíS › OPINION

¿Fiesta o siesta?

 Por Mario Wainfeld

¿La fiesta de todos o la siesta de todos? La polémica, ya añeja, se renueva cada cuatro años. Pan y circo, alienación, despolitización, denuncian académicos y políticos elitistas. Nacionalismo facilista, idolatrías temporarias, aprovechamiento comercial, advierte cualquier costumbrista. El tópico no es nuevo, aunque cada coyuntura le añade su condimento. La regla es que los gobiernos de todo linaje (autoritarios, dictatoriales, democráticos, de cualquier tramo del espectro ideológico) aspiran a que los pueblos, “la gente” o como quiera llamárselo, tengan un rato de distracción y felicidad. La Argentina proporciona ejemplos canónicos, debates irresueltos como el Mundial del ’78. Hoy en Sudáfrica, entre otras cuestiones más atractivas, se reabre esta controversia, sazonada con datos novedosos: la disputa por los relatos de la realidad, la disputa sobre el rol de los medios, la centralidad (siempre disruptiva) de Diego Maradona. La alegría masiva e inesperada de los festejos del Bicentenario redondea el cuadro.

Para empezar, convengamos que el Mundial roba cámara. Y cómo. Otros tramos de la realidad, “la política” por caso, ceden terreno y visibilidad. El fenómeno, que seguramente ya sucedía cuando el circo romano, tiene una dimensión formidable cuando la actividad pública es, en sustancia, mediática. Todos los protagonistas lo asumen y adecuan sus tácticas. A nadie se le ocurrirá llamar a conferencia de prensa en días absorbidos por el fútbol. Ningún diputado anunciará un proyecto de ley en las vísperas o en el día de un partido crucial. Ningún juez filtrará el adelanto de una sentencia ni firmará una resonante en esos trances. Hasta en los intermedios, la omnipresencia futbolera achicará los espacios en diarios y medios electrónicos. Lo que podría ser una tapa, en tiempos “normales”, devendrá una nota. Un título de cuatro columnas correrá el riesgo de transformarse en un pirulo de diez líneas, en un contexto celeste y blanco. El ágora, que en buena medida son los medios, está copado (en la doble acepción del término) por la pasión de multitudes.

Conviene no exagerar, la realidad no se detiene, irrumpe hasta en las transmisiones en directo. La crónica lo registra. El primer partido mundialista transmitido en vivo para la Argentina, la apertura de México ’70, era interrumpido por anuncios oficiales sobre el secuestro de Pedro Eugenio Aramburu. Varios de sus ejecutores (Fernando Abal Medina, Norma Arrostito, entre ellos) eran identificados con fotos de prontuario y señalados por comunicados de la dictadura. En el transcurso del Mundial ’74 en Alemania murió Juan Domingo Perón. El duelo nacional abarcó el levantamiento del aire del último partido de la Selección, ya eliminada.

La puja distributiva seguirá, el canje de deuda continuará sus devaneos, algún suceso romperá la inercia. Pero el clima mundialista forzará conductas condignas de dirigentes variados. Si se anhela ganar empatía con el público, habrá que mostrarse hincha, interesado, macanudo, positivo. Si hay victoria, todos se subirán al carro triunfal. La derrota dividirá aguas, habilitará perspectivas de “capitalización”, narrativas divergentes. El éxito, se supone, es pro oficialista. El fracaso o la catástrofe, cabe aventurar, podrá ser caldo de cultivo opositor.

Sudáfrica llega en un contexto fascinante y enardecido de disputa sobre el rol de los medios, sobre los modos de narrar la realidad. La polémica es tremenda, a veces tan despiadada como iluminadora. La ley de medios divide aguas y se entremezcla (acaso en exceso) con el enfrentamiento entre el kirchnerismo y los grupos multimediáticos, con Clarín a la cabeza. Gran cultor del futbolcentrismo, de la crítica mezclada con la cultura del hincha, el multimedios topa con una instancia inusual, que puede inducirlo a reformar lo que fue su canon durante décadas. Se pispeó en estos días donde la saga de los barras bravas fue preponderante respecto del microcosmos de la pelota.

De cualquier modo, ningún actor político (los medios lo son) elige ser piantavotos. Los primeros pasos acompañarán la ilusión, aunque mechándola con reproches preventivos a la dirigencia de AFA. Julio Grondona, el “fútbol para todos”, las peculiaridades del DT argentino están bajo sospecha. Su asociación al Gobierno es un factor de ruptura, que estallará ante resultados adversos.

No es pura epifanía, siempre hubo algo de eso. El patrioterismo exaltado que provoca publicidades insultantes para la inteligencia deviene inquisición si el equipo es eliminado. Las monedas a los jugadores que volvían de Suecia ‘58, la defenestración de técnicos profesionales, circunspectos y estimables como Marcelo Bielsa y José Pekerman lo corroboraron en el pasado. Pero, en el escenario vigente, una defenestración del cuerpo técnico o de la dirigencia de AFA conllevará (o pondrá en lugar estelar) al propio gobierno nacional: se lo caracterizará como su aliado, su mentor, el promotor del desorden, la bronca y la inconducta. La personalidad de Maradona agrega un voltaje especial, más vale.

Maradona es políticamente incorrecto, divisivo, peleador. Un cultor del conflicto como modo de expresión y acumulación de poder, un émulo de Ernesto Laclau sin saberlo. Diego siempre se pelea con alguien, con “ellos”. Se memora poco, pero en el Mundial del ’86 hacía punta con sus compañeros coreando “Argentina va a salir campeón/Argentina va a salir campeón/ se lo dedicamo’ a todos/la reputa madre que los reparió”. “Todos” eran, básicamente, los compatriotas incrédulos, muchos periodistas, algunos diarios. Lejos estuvo de ser magnánimo, de dispensarles un gesto fraterno, reparador. Esa querella continúa, se hizo slogan reo o guarro en la inolvidable conferencia de prensa en Montevideo tras la clasificación sufrida y agónica.

El “10” es un ídolo querido allende sus caídas y sus errores, pero dista mucho de ser un modelo ejemplar, un prócer acartonado digno de la historia oficial. Provocador, belicoso, intransigente, deslenguado, una mayoría aplastante le avala lo que fuera. Pero deja flancos a la crítica, por sus acciones personales y por sus opciones futbolísticas. La relación de los técnicos de la Selección con la opinión pública es fascinante e inexplorada. Ninguno puede evitar ser arrastrado a convocar al “equipo de todos”, porque sería demasiado desafío a la tribuna. Pero ninguno se priva de elegir jugadores inopinados o colocarlos en puestos inesperados o de prescindir de “imprescindibles”. César Luis Menotti relegó al propio Diego en el ’78 y se obcecó con Olguín. Carlos Bilardo se jugó por Cuciuffo. Diego tiene sus berretines, sus zonas grises: la ausencia de marcadores laterales con oficio, la rara ubicación de Jonás Gutiérrez. Esos hallazgos serán valorados a la luz del score. Y la figura del técnico, que es fácilmente asimilable a la caricatura del kirchnerismo que dibujan sus adversarios (y a veces sus partidarios), también.

Los fastos del Bicentenario sorprendieron a casi todos y significaron (reconoce la flor y nata la clase política) una comprobación de buen humor colectivo y un envión para el Gobierno. El cronista entiende que esos climas son efímeros y no cree que produzcan drásticas mutaciones electorales, que obedecen a cambios más profundos y más perdurables. Pero la fiesta colocó al oficialismo del lado de la “buena onda”, comprobó que los ciudadanos del común quieren sacarle jugo a la vida y disfrutar de un buen cuarto de hora, si cuadra. El Mundial, que a diferencia de los festejos es a cara o cruz, nace bajo su auspicio. Poco más puede atisbarse hoy, pero es presumible que vendrán en combo en los análisis ex post.

La historia reconoce continuidades pero es dialéctica, nadie se baña en un mismo río, menos si ha transcurrido un cuatrienio. Las derrotas dolorosas (Suecia, la eliminación contra Perú para ir a México ’70, la goleada de Colombia en River) crían cuervos y buitres. Cultores del “yo lo dije” proliferan por doquier.

El éxito es, en el espacio público, a menudo insoportable. Acuna chupamedias insufribles, sponsors con patriotismo de opereta, ricos y famosos indignos de su fama que se embanderan, literalmente. Y moralejas berretas acerca de las lecciones que un equipo exitoso destina a la sociedad argentina, tan imperfecta ella.

Siempre sucedió, sucederá esta vuelta, con sus matices. Ni ganar evitará tener que tragar sapos. Igual será una fiesta, como la que describió el imbatible Serrat. Hoy vamos subiendo la cuesta, ricos y pobres. Son contados los argentinos (de cualquier color ideológico o político) que no tienen un hincha adentro. Y los hinchas, ya se sabe, prodigan una fidelidad a la camiseta que ya la quisieran los partidos políticos o los cónyuges.

En el transcurrir, también se tratará de obtener tajada política, lo que es lógico en democracia. E inevitable en un contexto más politizado que la media de los años recientes.

En tránsito a la fiesta, el cronista (hincha él, con demasiados mundiales vividos) fantasea con el buen juego y la victoria de los muchachos. Y con un rato de felicidad para los argentinos de a pie que, en una sociedad cruelmente desigual, son en su mayoría pobres. Espera que el equipo luzca, que Messi estalle de una vez, que los delanteros (que están entre los mejores del mundo) rompan redes, que el arquerito ataje todo, que Mascherano y Jonás rieguen de sudor y solidaridad la gramilla africana.

La historia no frenará su curso ni las contradicciones tocarán a su fin. Un día, que se espera lejano, acabará la fiesta. Persistirán las condignas luchas por la igualdad, por el salario, contra la discriminación y el gatillo fácil, por el cambio en la correlación de fuerzas. Volverán el pobre a su pobreza, el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas. Si vuelven con la Copa, mejor.

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