EL PAíS › MILES DE PERSONAS HICIERON FILA DURANTE HORAS PARA DESPEDIR A NESTOR KIRCHNER

El abrazo de la multitud

La Plaza de Mayo se llenó de personas que fueron a acompañar a la Presidenta y a compartir su duelo. Se formó una hilera de 25 cuadras. El canto más escuchado fue “andate Cobos”.

 Por Alejandra Dandan

No hay un solo lugar para detener la mirada. La Plaza está desbordante. La fila parece interminable. A la mañana se plantaron las primeras banderas alrededor de la Pirámide de Mayo, como un cerco cerrado y marca territorial, en ese círculo que de noche contuvo a algunos de los que se quedaron a dormir y desde donde hacía más de un día se levantaba la bandera de Néstor Kirchner con las formas del Eternauta, el modo en el que la Juventud Peronista lo coronó para el último acto del Luna Park, su forma de inmortalizarlo. Dos mujeres andaban despistadas, recuperándose de la noche larga. Junto a la concejala Graciela Benítez, de Moreno, su distrito, habían sido las primeras en cruzar las puertas de la Rosada para despedir al ex presidente, en su ataúd cerrado. “Venimos a acompañar a Cristina en este momento que es trágico, se murió su compañero de toda la vida, un hombre que era un ejemplo, un esposo ejemplar”, decía Mabel Gallardo, la más grande, de 48 años, mientras su compañera, Roxana Fuentes, subrayaba como el apuntador de un escenario que no se olvide de que ese hombre ejemplar era sobre todo un militante. Mabel, que se declaró de padres y de abuelos peronistas, estaba ahí porque ella había vuelto a sacar las banderas de militante en los últimos años después de haberlas bajado en los ’90. “El click –dijo– me lo hizo Cristina, con la Asignación Universal.” Es que el centro cultural que ellas atienden está frente a una escuela que levantó la matrícula de pibes de 200 a 1000 alumnos.

Adelante, como el día previo, un vallado dividía la Plaza en dos partes. De un lado, el ingreso de los que caminaban en duelo a la Casa de Gobierno; del otro, afuera, de cara al Cabildo, de los que se ocupaban de escoltarlo desde la Plaza. Miqui García, cámara en mano, relataba a los nadies que podían escucharlo en ese video casero, las derivas de una bandera uruguaya pegada sobre el vallado. La bandera decía el nombre Néstor, y el “hasta siempre compañero”. “Ando buscando alguna bandera peruana”, explicó Miqui convencido de que si no estaba iba a ir a buscarla. “Soy un agradecido a este país, principalmente a este presidente –dijo–: mientras en otros países levantan muros, en este país no, nos dieron la posibilidad de plasmar nuestros sueños.”

Las cartas dejadas sobre el vallado le iban dando forma de altar popular. Estaban escritas sobre hojas arrancadas de un cuaderno, en birome, con fibrones o por quienes se iban agachando contra un árbol para poder sobreescribir papeles dejados por otros. “Néstor, aunque te fuiste estarás presente en nuestras vidas”, decía uno. O “Fuerza, Cristina, te acompañamos en el dolor, hasta la victoria siempre”. Arriba, entre claveles rojos, Bety y Ricky escribieron: “Te vamos a acompañar con el corazón, este camino que iniciaste hacia un país mejor, para todos”. Y más allá, una tal familia Benzaquen le recordaba a Cristina en un papel una frase que no desmaye porque “Jehová, tu Dios, estará contigo donde quieras que vayas”.

A pocos centímetros del suelo, una bandera extendida parecía reforzar el vallado: el mundo perdió a un patriota, decía solemne, abajo de unos cuantos pañuelos que emulaban los de las Madres de Plaza de Mayo, anudados en las vallas. Con fibrones, también los pañuelos hablaron: Néstor y Cristina, decía uno, de parte de un “pueblo que volvió a soñar y a trabajar por la justicia social, la inclusión y la equidad”.

A esa altura, la bandera de la Juventud Sindical intentaba abrirse espacio en el cerco de la Pirámide, al lado de La Cámpora instalada desde la noche previa completamente alineada con el frente de la Casa de Gobierno. Santiago Pavón Jaureguiberry seguía las derivas metros atrás, en la hilera de quienes avanzaban lentamente en peregrinación a la Rosada. De 26 años, Santiago, militante de La Cámpora, salió de La Plata a las seis de la tarde del miércoles, apenas pudo, para saludarlo a Néstor, dijo, con dolor y alegría. ¿Alegría? Sí, explicó: “Alegría porque nos dejó un proyecto de país, volvimos a militar, todos nosotros volvimos a la militancia después del campo, hasta ese momento estábamos en las facultades, en las casas, en los blogs, pero después nos dijimos que hay que salir a juntarnos, a poner el cuerpo”.

Los escenarios se multiplicaban. La Plaza parecía no tener un único centro. El Cabildo, convertido en uno de los ordenadores del vallado por donde caminaban los que buscaban acercarse a la Casa Rosada, apareció grafitiado de mensajes. Un “Fuerza Cristina” marcado con aerosoles negros remataba con el nombre de Mariano Ferreyra y la palabra vive. La estrella roja del PRT Santucho, la bandera verde de la agrupación Kolina, y de fondo el sonido rítmico de las campanas que de alguna manera fraccionaron los tiempos. “Néstor con Perón, Cristina con el pueblo”, decían los pasacalles que se repetían a lo largo de la fila.

La Avenida de Mayo era la puerta de entrada principal para los militantes y agrupaciones que llegaron durante todo el día. Con el ingreso, aumentaban las banderas también alrededor de la Pirámide. Al lado de La Cámpora se puso La Paco Urondo, enseguida la del FV de la Central de Movimientos Populares. También las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, y con el casco amarillo colocado en la cabeza apareció Amanda Valeri, una albañil de 63 años que se aguantaba el sol entre sus compañeros de la Asociación de las Madres de Plaza de Mayo.

Entre las once y la una entraron las últimas columnas de la CGT que también marcaron terreno, lo más adelante. Pasaron los jóvenes del Sindicato de Peajes, de Facundo Moyano, y en malón, banderas en alto, entraron en negro y amarillo los taxistas de Omar Viviani. Al ritmo de “Andate Coooobos, la puta que te parió, andate Cobos la puta que te parió”, colaron las banderas en las puntas más altas de las vallas, como un grito amarillo de alerta.

Pese a los apretones, y a un espacio que se iba haciendo cada vez más escaso, nadie pisaba otro de los escenarios del campo: la inmensa alfombra de papeles esparcidos como ofrendas en el suelo de la Plaza, entre velones, flores y pingüinos de papel. “Mire que no son todos iguales”, advirtió el artesano, fabricante de los pingüinos de ocasión, Nicolás Pavlov. “Es la primera vez que voto un proyecto que sale elegido por el pueblo”, decía a un costado, retirada, pañuelo en mano y gorro amimbrado en la cabeza, Susana Rossi. Vieja militante de la Juventud del PC en los años previos a la dictadura, guardada durante muchos años, dispuesta ahora a empezar a mostrarse. “Es que este clima lo creó un proyecto político que me ha despertado las ganas de volver a militar, y lo hago –dice–, y esto es una pérdida muy grande, pero también nos inyecta un compromiso a militar de forma más comprometida.” Pese a que jamás se habían cruzado hasta esta Plaza, Oscar Flores la escuchaba solemne. O le ofrecía un oído cada vez que Susana estallaba de alegría o en un llanto. Sucedía con las imágenes que tenían enfrente, la pantalla gigante donde se iban trasmitiendo las escenas de la Casa de Gobierno. Oscar trabajó en una empresa de la construcción hasta que la Uocra le contó el proyecto de autoconstrucción de la Asociación de las Madres. Ahora trabaja de albañil con Hebe, capacita a otros compañeros: “Y bueno –dijo– este tipo es lo mejor que nos ha pasado en mucho tiempo”.

La pantalla gigante mientras tanto mostraba a Hebe de Bonafini en la Casa de Gobierno, el beso a Cristina. Hubo aplausos. En un rato se iban a repetir con Evo Morales.

“A mi papá lo mataron en esa esquina”, dice Higinio Cardozo, 74 años, peronista. Hombre que estuvo en varias plazas históricas, que estuvo en Ezeiza aguantándose los palos del regreso de Perón, dice, que estuvo cuando fueron echados los Montoneros. Pero hoy la Plaza parece otra cosa.

“No hubo nadie después de Perón que haya hecho lo que hizo Néstor: asignación familiar, lo de las cooperativas, ahora tenemos que lucharla, poner el cuerpo.” Higinio hablaba debajo de las banderas de Quilmes. “Quiere decir que esto es distinto de todo. Que imagínese –dice–, mire lo que pasó con Quilmes: ahí estamos dos, están la Felipe Vallese y la Carlos Mugica, pero en la calle estamos unidos, cada uno con sus ideas pero unidos.”

Al mediodía, cuando entraban las columnas de camioneros cantándole a Cristina un aguante, alguien se paró como loco a gritarle al edificio del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. “¿Que a quién le grito?”, preguntó. “A Mauricio Macri, que ni siquiera puede bajar a la Plaza.” Y lo hacía como unos momentos antes otra de las columnas había rechiflado a Julio Cobos. En el medio, entre todos los que andaban desagregados por acá y por allá, se escuchaba el “Che, gorila, che gorila, si la tocás a Cristina, qué quilombo se va armarrrr”.

A esa altura, la hilera de los que esperaban para entrar seguía creciendo como tantas veces, aunque a lo mejor como nunca. En los escalones de la Catedral, Paola Ramírez se recuperaba de la larga noche, de los 360 kilómetros que se hizo desde Vedia, del momento en el que entró por primera vez en su vida a la Capital, y de poder ver el cuerpo de Kirchner. Casi al trote, Luisa Ceballos intentaba llegar como loca a los últimos confines de la fila. Los enrolados en la espera arrancaban en la Plaza de Mayo, seguían encolumnados por Avenida de Mayo, doblaban en la 9 de Julio, volvían a aparecer en Rivadavia, retomaban la Plaza y salían por la angosta 25 de Mayo. El final no se veía. “¿Por dónde está?”, preguntaba Luisa, tacos en alto, pantalón de vestir, lentes oscuros. Y un llanto cuando aparecía la primera palabra. “Y eso que no soy kirchnerista”, indicó. “A él ni siquiera lo voté, pero después la voté a ella, y estoy acá porque siento que le debo.” Que le debe, dijo, que volvió la política, que nos devolvió la sensación de que hacer política vale la pena. “Tengo tres hijos y siendo militante yo de toda la vida, en los últimos cuatro años todo esto les abrió la cabeza a los tres.”

“Ey”, se oía mientras tanto. “¿Dónde es?”. Luisa ya había encontrado con el final de la fila, el amparo, un lugar para sumarse. “Es por acá”, dijo alguien.

“Sí, por acá, acá sigue.”

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Cerca de las tres de la tarde, la fila llegaba a la 9 de Julio, volvía a la Plaza, doblaba en San Martín y terminaba en Corrientes.
 
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