EL PAíS › OPINION

Alteraciones en el sistema político

 Por Samuel Cabanchik *

La crisis política iniciada en 2001 alteró profundamente el sistema político argentino: no sólo terminó de desmembrar un modelo bipartidista agonizante, sino que incluso ha debilitado los cimientos de los partidos políticos en general, erosionando su institucionalización y organicidad, así como su capacidad de permanecer en el tiempo.

Si bien en esta cultura fugaz y mass-mediática resulta difícil procesar los diferentes cambios en los escenarios políticos, hay un hecho en particular que llama la atención. Se trata del abandono progresivo del término partido por las propias fuerzas políticas. Estas, en lugar de autorreivindicarse con dicha denominación, optan por un término nuevo, polivalente y, hasta hace poco tiempo, ajeno a la política: el espacio. Ahora bien, ¿qué caracteriza al espacio frente al partido?, ¿cuáles son las implicancias del desplazamiento entre un concepto y otro?

Por un lado, el partido fraccionaría un universo ideológico y toma posesión de una parte discreta de él, en función de ciertos clivajes económicos, sociales, culturales o políticos. El espacio, por el contrario, desdibuja la toma de posición y crea la ficción de unidad a través de la coexistencia. En una palabra, un “espacio político” remite a una lógica más bien virtual, en donde el principio de reunión como fundamento de lo político tiende a desaparecer. Asimismo, por su naturaleza indeterminada, el espacio político es abarcador y omnipresente, por lo que está en permanente extensión. En consecuencia, para que este espacio se agrande, se debe dejar a un lado la confrontación en favor de un consenso que fagocite diferencias. El partido, por el contrario, es fraccionamiento.

En una nación que ha sido históricamente desgarrada por tensiones bipolares –unitarios y federales, peronistas y antiperonistas y, hoy en día, oficialismo y oposición– es natural que se le tema a la polarización. Lo que no es natural, o no debería serlo, es que se les tema a las propuestas claras y a la toma de posición para defenderlas.

Puesta en el microscopio, nuestra política evidencia la falta de un tejido interno que articule “espacios”. En su lugar, observamos luchas intestinas que desgarran coaliciones y rompen alianzas; movimientos migrato-rios de un “espacio” a otro y aglomeraciones inestables sólo sostenidas por la distribución de incentivos y el temor a las represalias.

En resumen, la implicancia del desplazamiento entre estos conceptos consiste en la superposición y coexistencia de megaespacios de límites indefinidos y, por lo tanto, el triunfo de una política vaciada de contenido, producto de la desesperación y el oportunismo electoral. La denuncia del espacio político, de todos modos, no debería suponer un retorno al partido tal y como lo conocemos. Es un llamado de alerta, que nos invita a reflexionar sobre el tipo de dinámica institucional que queremos y necesitamos, tratando de pensar en las falencias que ha tenido históricamente el sistema de partidos y las oportunidades de cambio que supone el surgimiento de una estructura tan flexible y cambiante como el espacio, sin por ello abrazar sus defectos. En este escenario, no queda más que tomar partido, aun cuando creamos no estar haciéndolo.

* Senador nacional (CABA) por Probafe.

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