EL PAIS › OPINION

Tequila y vodka en Wall Street

Una geografía extraña para la crisis. Bush, como contaba Pugliese. La sensata coraza argentina, su novedad, sus efectos y límites. Los riesgos que sobreviven, según el Gobierno. Las tareas pendientes, la famosa sintonía fina, la mirada a mediano plazo. El nuevo horizonte político, llegó la competencia.

 Por Mario Wainfeld

“A mi amigo Blanco Herrera le pagaron su salario
Y sin pensarlo dos veces salió para malgastarlo.
Una semana de juerga y perdió el conocimientov Como no volvía a su casa, todos le dieron por muerto.
(...) Pero un día se apareció
lleno de vida y contento
diciéndole a todo el mundo
‘se equivocaron de muerto’.”
Gerardo González Herrera,
El muerto vivo

George Bush, en persona, se plantó frente a las cámaras de tevé que propagaban al ágora mundial. Anunció un plan maestro contra la recesión desde su tarima de presidente de la mayor potencia de la actualidad, quizá la mayor de la historia humana. Los mercados lo escucharon y lo abofetearon sin más trámite, de cuerpo presente. Muchos líderes de países más pequeños (jamás los hubo de uno más grande) sufrieron en los últimos siglos desaires parecidos. Hace añares, en una perdida comarca del Sur, un funcionario usó la metáfora “les hablamos con el corazón y nos contestaron con el bolsillo”. Desde su olímpica altura, Bush ignora la imagen pero padeció algo así en su propio rostro. Los markets, casquivanos ellos, lo vapulearon.

La crisis que hizo pus en enero de 2008 es original en muchos aspectos. Su domicilio de nacimiento no permite que se la bautice Tequila ni el Vodka, ni se deja llamar asiática pues estalla en el ombligo del mundo, interpela al dólar, el esperanto monetario desde hace unas cuantas guerras. Millones de Homeros Simpsons, incluidos aquellos que se conmovieron años atrás por la teocracia berreta y chauvinista de George W., son deudores hipotecarios en riesgo letal.

Jamás debe causar gracia la desdicha del prójimo, pero cabe acreditar a la coyuntura cierta nobleza distributiva: por una vez los platos rotos de la “fiesta” los pagan en mayor medida los que la celebraron, más que los del patio del fondo.

Los países emergentes, comentan a coro especialistas de variadas tribus, están más a cubierto. Entre ellos la Argentina, ese presunto muerto que goza de pasable salud porque desde hace unos años viene desafiando (con heterodoxia parcial sí que tenaz) los libros sagrados de la vulgata económica.

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La palabra “sensatez” resuena fuera de registro en el ambiente crispado de la discusión pública nativa. Pero los hechos sugieren que fueron sensatas las líneas maestras del “modelo” kirchnerista. Modelo podría ser un nombre demasiado rimbombante para una política económica sencilla, casi rudimentaria pero provista de una lógica feroz. Alejada de la órbita de los organismos internacionales, sustentada en equilibrios fiscales inéditos, con la obsesión de blindarse y conservar márgenes decorosos de decisión nacional. No es perfecta, calidad esquiva a toda obra humana, pero no erró en la direccionalidad, requisito esencial aún si de capitalizar el viento de cola se habla.

Otros datos episódicos explican por qué Argentina está menos expuesta aun que Brasil. La sobrevaluación del dólar y la magnitud de sus reservas hacen que una corrida contra el peso sea más improbable que una contra el real. El intercambio brasileño con los Estados Unidos es mucho mayor que el argentino, la zozobra será proporcional. Un logro de los vecinos, el gran flujo de capitales foráneos puede obrar una salida más explosiva que en Argentina, menos favorita en estos años.

Una recesión en el centro del mundo que pega poco, jamás nada, es una novedad auspiciosa. Desde luego, será también una referencia de la etapa política: Néstor Kirchner no atravesó un cielo nublado semejante, la presidenta que lo sucede tendrá que vérselas con otro escenario, no fatal aunque sí distinto y más exigente. Algo que ya estaba en el inventario pero que vino con yapa desde el vamos.

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Miguel Bein, seguramente el economista que mejor comprende, pulsa y describe la política oficial, lo explicó con palabras sencillas, en el programa A dos voces. El Gobierno debe emprender lo que ya debía hacer, con mayor aplicación, su reto no es responder con medidas contingentes sino con gestión eficaz. Se corroboró que el superávit guarece cuando afuera hay tormenta, es tiempo de elevarlo.

Igual norte parece rumbear al Gobierno, aunque de su entraña no brotan mayores precisiones. El ministro de Economía recordó un paper de su autoría, fechado en agosto de 2007, una prospectiva del impacto local de una crisis internacional. Lo había escrito cuando se pinchó la burbuja financiera en Estados Unidos. Martín Lousteau, a la sazón, era funcionario bajo la administración de Felipe Solá. El documento fue reversionado en estos días, entre otras cosas, porque el joven ministro juega ahora en ligas mayores. El texto se reserva bajo siete llaves pero en la Rosada y en Economía glosaron parte de su contenido a este diario. Contra lo que sugeriría un primario sentido común la mayor prevención oficial no es la reducción de exportaciones a países afectados por la inminente frenada del crecimiento. La parte del león de las exportaciones argentinas, materias primas, seguramente no bajarán mucho de precio. La demanda de alimentos del principal comprador, China, se presume bastante inelástica.

El remezón podría venir en carambola. Los cambios en el mercado mundial pueden inducir a Estados Unidos y Brasil a incrementar sus exportaciones, competitivas con las argentinas. Según allegados de Lousteau, estudios previos del propio ministro comprueban que las fluctuaciones de la balanza comercial con Brasil tributan más al diferencial de crecimiento entre los dos países que a los vaivenes de sus respectivas paridades cambiarias. La disparidad entre socios no da pábulo a la alegría, más vale.

Otras turbulencias pueden llegar desde más lejos. Una hipotética (verosímil) mengua de las exportaciones de los chinos a los norteamericanos puede motivar a compensar esa pérdida rumbeando a otras latitudes. Si se toma en cuenta el tamaño de China (un aspecto que le quitaba el sueño a Mafalda, hace 40 años) su viraje dejaría marcas en el intercambio mundial.

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Según los especialistas es un arcano aún si los cambios impactarán en el nivel de crecimiento argentino. Si así fuera, la realidad metería baza en una de las pocas discusiones pertinentes que se filtraron en la campaña presidencial del año pasado.

Otra consecuencia imaginable, bastante factible, es que los valores de las materias primas que vende Argentina ralenten su tendencia al alza o la frenen totalmente. Entre las múltiples derivaciones del fenómeno podría haber una virtuosa, tabulan asesores de Economía: si el precio internacional de los alimentos sube menos (o nada) se mitigaría el impacto que eso produce en el mercado doméstico. Consiguientemente, podría alivianarse uno de los componentes de la inflación: el contagio de los precios internacionales.

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El enésimo día negro de la galaxia capitalista fuerza a repensar lo que debía estar en carpeta. Argentina debe perseverar en los ejes de su política (paridad cambiaria competitiva, superávit gemelos, obra pública) y debe acometer reformas de segunda generación, en pos de zurcir límites y carencias del “modelo” trazado a machetazos para salir del infierno.

La desocupación ha bajado mucho pero persiste (se agranda y se sofistica) la desigualdad al interior de la clase trabajadora. Cuesta creer que más de lo mismo altere esa tendencia. Urge intervenir con acciones novedosas tendientes a limitar brechas ominosas. La ampliación de derechos ciudadanos que impliquen salario indirecto da muchísimo margen en un país donde se devastó el Estado: la salud, el transporte público, la educación claman por mejoras que alivien la calidad de vida de los más humildes.

Nada innovó el gobierno Kirchner en materia de derechos sustanciales de los trabajadores. El chocante desdén a ampliar las asignaciones familiares por hijo a todos los argentinos es una rémora desarrollista injustificada, que ahonda las diferencias entre los trabajadores: los que cobran en blanco tienen mejores sueldos, obras sociales, convenciones colectivas y reciben del Estado asignaciones familiares. Sus vecinos que changuean o están desocupados se quedan afuera de todo, aun del aporte estatal. Arrumbado en una política social que transita entre el minimalismo, el asistencialismo y el clientelismo, el disco duro del Gobierno se empaca para no dar un salto de calidad, para no incorporar un derecho universal del siglo XXI. Ya van cinco décadas de quedantismo en ese ramo, son suficientes.

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La ampliación de la matriz productiva y exportadora es otra tarea en ciernes. Herramientas y decisiones de ese pelaje no han sido el fuerte de un estilo de gobierno que produjo más medidas que políticas, más acciones de volea que planificación. Y tres anuncios por cada medida. Esa marca genética quizá subsista pero debe complejizarse con una agenda de mediano plazo. Las recurrentes alusiones (por parte de Lousteau y de su colega de Ciencia y Tecnología Lino Barañao) a la agroindustria son estimulantes pero sólo podrían coronarse con ingredientes poco requeridos por la actual elite de mando: diálogo, construcción de confianzas, acumulación de “masa crítica”, trabajo silencioso durante meses o años. Economía finca esperanzas en las “cadenas de valor” articuladas a través de “mesas” de factores de la producción, tal como anticipó Página/12 en su edición del domingo pasado.

Otro proyecto sugestivo alumbrará en la primera semana de febrero, como también anunció este diario. Se trata de fomentar exportaciones de servicios con valor agregado. La vastedad de modos de comunicación posibilita el desarraigo territorial de buena parte de las empresas, incluidos sus asesoramientos técnicos, sus plantas administrativas, sus consultores, etc. Nuestro país, se entusiasman en el quinto piso de Economía, tiene ventajas comparativas para prestar ese tipo de servicios. La más gratificante es la existencia de una amplia población ya capacitada o capacitable en plazos cortos para trabajar a distancia en tareas que van mucho más allá de los triviales call center. El idioma castellano ayuda, una porción razonable de la población mundial lo habla. España puede ser un cliente, algún banco VIP de la península piensa “mudar” sus oficinas fuera de sus fronteras. También ayuda la similitud del huso horario local con el de la Costa Este de Estados Unidos.

En proyección, este tipo de servicios sería una variable inédita de empleo joven. Exigiría un esfuerzo del sistema educativo, especial mas no exclusivamente en la enseñanza de idiomas.

Labores de este tipo no tienen por qué albergarse en la metrópoli, pueden radicarse en ciudades de provincias a las que podrían cambiarles la cara.

Como se habla de ofertas de trabajo en un mercado mundial, su consolidación requiere mucha mayor cocción que la venta de productos primarios.

Las ideas son interesantes, máxime si se las integra con “paquetes” de medidas. En una propuesta integrada de desarrollo hasta podría colar el faraónico tren bala que, de momento, carece de proyecto general que lo sustente. Ricardo Jaime, como se sabe, está aquejado de mudez pública. Cumple subrayar que ese no es para nada el mayor de sus defectos como funcionario aplicado a una rama de servicios cuyas prestaciones afrentan a los usuarios. Pobre concepción del hombre es la que piensa que el precio de un servicio público es la única variable digna de contemplar.

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El principio de identidad sigue vigente: el 2008 no es el 2003. El horizonte económico es distinto, la situación argentina también.

La política no exceptúa la regla: la era de Cristina Fernández no calcará la de Néstor Kirchner. Este protagonizó, en los albores de su mandato, un rush de regeneración de la autoridad presidencial y del poder del Estado. Tuvo éxito, que coronó gobernando con pleno dominio de la escena y la agenda públicas.

A menudo Kirchner lamentó la inexistencia de una alternativa de centroderecha que le hiciera fuerza. Sus plegarias fueron atendidas: ahora tiene dos, una dentro de la propia tropa. Mauricio Macri y Daniel Scioli compiten y reclaman cámara todo el tiempo. El jefe de Gobierno refresca tópicos de la derecha clásica. Y ensayando covers de varias posturas y temáticas kirchneristas.

El gobernador bonaerense busca construir el tercer género. De momento es un protagonista binorma. Su sino inexorable es ser fiel al oficialismo (en los próximos dos años), recién entonces podrá pensar en pegar un volantazo, si los hados así lo determinan. Hasta ahora se ha mostrado solícito, hiperkinético, manteniendo su estilo zen y se dio el lujo de armar un gabinete que lo desmarcó de la influencia kirchnerista.

Cristina Fernández deberá disputar contra ambos el protagonismo mediático, jamás gozará de la primacía solitaria que pudo edificar Kirchner.

El cronista está de punta con las leyes generales de la historia y aún sospecha de las profecías a mediano plazo. Se abstendrá de arriesgar vaticinios con pocas bazas. Lo que se puede asegurar es que nada será igual a lo anterior, aunque lo edificado cimenta lo que vendrá.

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La aptitud predictiva de los economistas de toda laya ha sufrido un revés significativo. Las profecías acerca de un largo ciclo ascendente sin ripios fueron sacudidas por una catástrofe. Colmo de colmos: el sobresalto inesperado no se produjo en ningún arrabal de la aldea global sino en la boca del caballo, en la mera Wall Street. Es una calle de pocas y famosas cuadras, deberían haber sido relevadas con más esmero.

La vulnerabilidad de los augures obliga a ser cautos con sus proyecciones. Por lo demás, desatada la tempestad, nadie osa vaticinar su duración y su capacidad predatoria.

Más allá de las voces expertas, el cronista atraviesa un mal momento en su relación con las leyes generales de la historia: le cuesta creer en su vigencia. La observación impresionista o costumbrista se topa con dos hechos clásicos, no contradictorios pero sí dialécticos: el capitalismo es hiperproductivo en materia de crisis y, al unísono, muy duro de matar. La falta de oferta en góndola de sistemas alternativos es un hito que perdura desde hace ya casi dos décadas.

Un pequeño país en trance de crecimiento, relativamente a resguardo merced a circunstancias favorables bien explotadas por la política económica, no puede suponerse eximido para siempre del bajón. Ni, mucho menos, confiarse al piloto automático.

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