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Estado de sospecha

 Por Luis Bruschtein

La cúpula anterior de la Fuerza Aérea, a cuyo frente estaba el brigadier Carlos Rohde, pagó con su cabeza por una maniobra corporativa que amenazó con dejar mal parado al gobierno ante una causa delictiva. El escándalo de las narcovalijas de Southern Winds hizo que la conducción de la Fuerza Aérea fuera renovada, con la designación del brigadier Eduardo Schiaffino hace sólo unos pocos meses.
No pasó tanto tiempo desde que se destapó aquel escándalo, y ahora la aeronáutica vuelve a los medios involucrada en otra acción delictiva, como si se tratara de un examen a la nueva jefatura. Tenían doble motivo para silenciarlo porque la repetición de estos hechos no deja bien parada a la Fuerza Aérea. Pero esta vez la denuncia se tramitó con rapidez, el mismo Schiaffino la denunció ante el ministro de Defensa y éste a la Oficina Anticorrupción. Doble motivo también para hacerlo. A Rohde, el procedimiento anterior le costó la cabeza y una exposición mediática que no lo favoreció, pese a que algunos medios trataron de defenderlo y quisieron presentarlo como un ataque a la institución castrense por motivos ideológicos.
Es probable que la Fuerza Aérea quede en una zona de dudas ante la repetición de los hechos. Pero no se trata de la Fuerza Aérea o de las Fuerzas Armadas, sino que a lo largo de los años todas las instituciones públicas han quedado bajo la mirada desconfiada de la gente común, ya acostumbrada a que sucedan estas cosas. Se presume de antemano que es así, ya sea en las instituciones castrenses como en las demás. No hay una intención especial antimilitar.
A tal punto esta imagen del Estado se ha instalado en la opinión pública, que en la carta que envió Eduardo Kelly, el principal accionista de Geo Salud, a Schiaffino, menciona abiertamente, sin la más mínima duda y como si se tratara de algo natural, que había discutido pagar la coima que les correspondía a él y a otros jefes del arma. El hombre se quejaba porque no le habían aprobado el contrato y ni se le ocurría pensar que el jefe aeronáutico pudiera estar fuera del negocio.
La imagen de la institución que se deduce de esa carta es elocuente por sí misma. No es la denuncia de la estafa la que puede introducir a la Fuerza Aérea o a cualquier otra dependencia del Estado en una zona de dudas, sino que es la única forma de salir de ella e insistir en esa vía cada vez que se detecte un hecho parecido.

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