SOCIEDAD › REPORTAJE A ANTJIE KROG, POETA Y PERIODISTA, TESTIGO DE VEINTE AÑOS DE POLITICA SUDAFRICANA

“Los blancos creyeron que todo seguía igual”

El “modelo sudafricano” fue presentado como un contraste con los juicios por la verdad. La autora de un libro esencial sobre la Comisión de Verdad y Reconciliación explica qué falló y qué fue un modelo específico de una cultura diferente.

 Por Alejandra Dandan

Antjie Krog cubrió los dos años de audiencias de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación de Sudáfrica. Poeta en afrikaans, trabajó de periodista, primero como editora de un diario de izquierda y durante las audiencias como directora del equipo de la radio del Estado. La radio era el medio de comunicación más importante, dice Krog, “con la mayoría del país pobre, sin televisión y analfabeta, las emisoras en lenguas aborígenes son un enorme medio de comunicación y tienen enorme impacto. La gente estaba increíblemente hambrienta de cualquier cosa que podíamos informar”. Escribió su experiencia en País de mi Calavera publicado en 1998, un libro que el Premio Nobel John Maxwell Coetzee describe como “una intensa crónica personal de la experiencia vivida” donde “entreteje ficción y no ficción, prosa y poesía con el propósito de captar la complejidad de un período decisivo en la historia de Sudáfrica”.

El libro acaba de ser publicado por primera vez en español por la Universidad Nacional de San Martín. En manos de Krog, las noches y tensiones de la Comisión son también una indagación sobre un mundo de sentidos sobre posibilidades y límites de lo “humano”, de la filosofía del “ubuntu” con su incómoda dialéctica entre víctimas y perpetradores, perdón y reconciliación, tan a mano aquí de las derechas y de los perpetradores. Krog dice cosas como “al perpetrador sólo puede cambiarlo la humanidad de la víctima: la víctima sólo puede curarse cuando el perpetrador vuelve a ganar su humanidad”. Y, durante la entrevista, advierte: “Era la Comisión o no nada, amenazarlos con llevarlos a la Justicia hubiera destrozado el proceso completamente”.

Krog es como los retratos que hizo el mundo de ella cuando en 2004 se estrenó En mi país, la película basada en el libro y con Juliette Binoche de protagonista. Uñas sin pintar, ojos celestes lavados, cara limpia, pelo blanco de tiempos vividos como quiso vivir. ¿Cómo acercarse a su texto desde Argentina? ¿Cómo hacerlo en este nuevo contexto? Como profesora invitada de la Cátedra Literaturas del Sur de Coetzee, participó de distintos workshops. Oyó a Daniel Rafecas explicar cómo aquí la Comisión por la Verdad nunca se pensó como cierre sino como primer paso del proceso de Justicia. Oyó a Daniel Feierstein sospechar de encuentros entre perpetradores y victimarios en igualdad de planos. Sabe que aquí la reconciliación es impunidad y un reclamo que viene de las derechas y represores. Ella misma sospechó de los sentidos de la palabra años atrás, como cuando en las páginas de su increíble crónica muestra a algunos de los personajes, líderes de la derecha blanca, condicionando el avance del proceso a la aceptación de esa alternativa. Habla de “grieta”. Va a casa de sus hermanos blancos. Describe sus diálogos en los que despunta la posibilidad de lo imposible de la sutura.

–¿Qué cambió en su mirada en estos veinte años?

–Hay varias cosas que tengo que decir primero. Esto no era una cuestión de la Comisión de la Verdad o la justicia, la Comisión o juicios: era la Comisión o nada. El régimen tenía un control total sobre el Ejército y la policía, y tenia una bomba nuclear. Amenazarlos con llevarlos a la justicia hubiera destrozado el proceso completamente. Sobre la base de las experiencias sudamericanas, se decidió avanzar con tres cambios importantes. Que todas las audiencias fuesen públicas. Individualizar la amnistía: solamente podía obtener la libertad quien personalmente iba y contaba lo que había hecho con todo detalle. Y que quien pedía amnistía debía implicar a quien había dado las órdenes y expresar el contexto político. Por eso, para entender el vínculo entre reconciliación, perdón e impunidad uno tiene que entender el paradigma del proceso. Los intelectuales negros habían criticado el concepto de Jacques Derrida y Hannah Arendt. Derrida dice que perdonar lo imperdonable es imposible a menos que existan milagros. Los intelectuales africanos dicen: ‘La víctima tiene una variedad de deseos que no tienen nada que ver con la venganza, quieren que se reconozca lo que han sufrido y qué es verdad’. Y las víctimas quieren tener el poder de perdonar, de rechazar o hablarle al perpetrador. Entonces, la interacción para algunas víctimas era muy importante. En mi libro cito a la señora que dijo que “entiendo que mató a mi hijo porque perdió su humanidad. Y porque él perdió su humanidad y yo perdí a mi hijo, mi propia humanidad también la perdí. Y esto puede querer decir que si lo perdono, él tal vez recupere su humanidad, pueda volver a ser un humano y entonces yo podría volver a ser un humano también. Entonces lo perdono”. En este sentido, la reconciliación da vuelta el concepto de vengar, matar, castigar. Salir del círculo de violencia-venganza es cambiar al perpetrador. Y al perpetrador sólo puede cambiarlo la humanidad de la víctima, la víctima sólo puede curarse cuando el perpetrador vuelve a ganar su humanidad.

–Eso fue entonces, ¿y ahora?

–Si hablo de ahora las, víctimas están enojadas. Lo que dicen los académicos es que están enojadas porque el proceso de Verdad fue forzado por el partido de la liberación y el obispado. No estoy de acuerdo. Creo que la Comisión fue aceptada para lograr una nueva sociedad. Creo que los negros pensaron que los represores iban a cambiar e iban a poder edificar entre todos un nuevo país. Pero los blancos no lo entendieron así. Los blancos entienden la venganza. El hecho de que los negros no quisieran venganza fue para ellos un indicio de que se podía seguir como antes. Entonces, no cambiaron. Por eso los negros están enojados. Un poeta dice que la reconciliación abraza al mal, pero con esta otra cosmovisión el abrazo con el mal es precisamente lo que tenia que suceder. Esa persona no es un diablo, es un ser humano. Y hay que devolverlo a la humanidad. Porque en el momento que señalás a alguien como diablo, estás diciendo que sos un ángel.

–¿Cómo fue el proceso que la llevó a este libro?

Soy una poeta en afrikaans, no podes vivir de eso, por lo tanto tenés un trabajo. Entonces, soy periodista. Era editora de un diario de izquierda. Cuando llegó la hora pensamos: “Ahora la izquierda ya no es necesaria porque está gobernando”. Me propusieron unirme al equipo de la Radio para la Nueva Sudáfrica. Como era poeta, me pidieron que escribiera historias más humanas, no noticias. Había poca gente y muchas cosas para hacer. Me pidieron que hiciera el informe sobre el Comité de Justicia, la escritura de la Ley para el Comisión de la Verdad y la Reconciliación, reconocida como la más compleja en mi país. Nuestra radio conseguía dinero de Suecia. Y la radio era central. La mayoría de los sudafricanos son pobres, no tienen televisión y son analfabetos. No pueden leer y no compran los diarios. Entonces las radios en lenguas aborígenes son un enorme medio de comunicación y tienen enorme impacto. Fui la jefa de un equipo grande y de negros. Como periodista no te preguntas si tenés derechos, quién sos, desde dónde hablás. Hay tanto trabajo que simplemente escribís, informás. Pero así como analizas un poema, te das cuenta que cada testimonio puede ser analizado como poema. Es muy importante tener en cuenta cada matiz y cada vibración. En la radio no hay tiempo. Hay 48 segundos o 2 minutos. Lo que te viene de información filosófica no va, sólo tenés que mandar datos concretos. Una vez por semana hacíamos un repaso. Y lo bueno de las audiencias es que siempre venían académicos interesantes. Hablaban del dolor, de los efectos. Pero no lo podías terminar de digerir o entender en el momento, esa es la base del libro. Permitir un espacio de contradicciones.

–El libro fue presentado de distintas maneras, como ensayo, crónica y periodismo, todo de un modo muy personal.

- Hubiese sido muy deshonesta si exponía a las personas y las dejaba totalmente vulnerables. Me refiero a lo que ellos contaban. Entendí que lo mínimo que podía hacer era mirar para adentro y contar lo que veía. Académicamente, recibió muchas criticas y hoy no volvería a escribirlo así: soy académica y veo todos los problemas, pero muchos me dijeron “esto hizo que el proceso para mí fuera accesible”. Mandamos el primer borrador a un escritor. Lo leyó. Dijo que los testimonios eran demasiado duros, que había que sacarlos, pero dejar lo que escribí sobre mí. Por eso entendí que debía usarme a mí misma para forzar a la gente a leer los testimonios. Los cambiamos de orden porque inicialmente estaban en la primera parte. Un editor muy cuidadosamente sacó titubeos y repeticiones. La lectura del texto que hice en voz alta en el workshop es un ejemplo de esos recursos. Cuando los testimonios se hacen muy pesados, te pones al lector a upa y lo metes adentro del testimonio. Acá se hace muy pesado. Entonces haces una pausa. Decís no puedo respirar. Paremos. Vamos a tomarnos un café. Y luego, lo pones a caballito de nuevo y lo seguís llevando por los testimonios. Después de estos años de academia presento el libro como “conversaciones”. Algunas reales, otras las agregué. Cambié los nombres de mis colegas para ganar libertad y traer miradas opuestas.

–Recién habló de la figura de la víctima y del “poder”. ¿Cómo funciona la escritura con la idea de dotar a la víctima de poder?

–Hubo un gran debate acerca de cómo debían ser llamadas: víctimas o sobrevivientes. Psicólogos de la Comisión se sentían muy frustrados al llamarlas “víctimas” porque cuando alguien se reconoce víctima no tiene manera de cambiar las cosas. No tiene poder ni chances para el futuro. Yo misma, como persona blanca vi víctimas negras como gente que sufrió inmensamente, acepté sus victimización, pero siempre me movilizó cómo comprendían. Especialmente a los perpetradores. A veces en las audiencias de amnistía, los oías decir que les daba pena la esposa o los hijos del perpetrador. Debido al liderazgo del arzobispo Desmond Tutu (Nobel de la Paz 1984 y presidente de la Comisión), los negros fueron moralmente superiores a los blancos. Mi frustración fue ver que los blancos no pudieran ver eso.

–“Ubuntu” se define como “la filosofía humanista de Africa” que se opone “a la victimización”. Una sobreviviente de un campo argentino me dijo que le parecía una ingenuidad.

–La Comisión recibió muchísimas críticas del mundo académico. Diría que 90 por ciento está en contra, pero no he visto ninguna alternativa por ningún lado. Pienso que la Comisión mostró que los sudafricanos tienen increíbles niveles para relacionarse unos con los otros. Y todo lo que se ve en el mundo es venganza y consecuencias de la venganza. Puede ser que la venganza venga a Sudáfrica, no lo sé. Pero hasta entonces, éste es el único ejemplo. Frente a distintos colegas que estuvieron, me asombró de cómo cada uno encuentra una razón para entender por qué el proceso no es para ellos. Justificar la justicia retributiva. Los occidentales pasaron por cuántas guerras y asesinatos. Pienso que la mirada del Tercer mundo sobre la posibilidad de tejer redes tiene mucho más que ver con el futuro.

–Está clara la mirada sobre las víctimas y el proceso ¿qué pasa con los perpetradores?

–Es muy importante entender que la Comisión tuvo las dos narrativas: la víctima y el perpetrador. Yo misma siempre rechacé a los afrikaners, desde el secundario. Despreciaba sus liderazgo en escuela, en la iglesia. Vas a las iglesias de los negros, las escuelas de los negros y decís “son mi gente”. Me sorprendí en las audiencias. Frente a los perpetradores, te sentás con enojo y querés escribir cosas muy duras sobre ellos, pero ves a los negros acercarse a hablarles, perdonarlos, hablarles. Acariciar a la esposa de uno cuando pasa al lado. Y entonces te da vergüenza tu propia intolerancia. Mi enojo personal es contra (Frederik Willem) De Klerk, el último presidente blanco, creo tendría que haber pedido perdón en nombre de los blancos.

–Era entonces el líder del Partido Nacional.

–Es abogado pero dijo que no había hecho nada malo y que por lo tanto no iba a pedir perdón en nombre de nadie. Por eso cada vez que lo veo en televisión siento ira. Pero después pienso en Tutu que lo perdonó, y me pregunto: quién soy yo. Entonces cambia mi visión. Muchos se han visto atrapados. Esto da una ruta para ser hombre, aceptado, respetado. Los políticos son inteligentes en crear contextos en los que cada cosa que hacen tiene sentido. Ahora, cuando viven toda esta situación, todo tu marco colapsa. Y quedás parado como un alma desnuda y tenés que decirle a las personas: “Está bien decir no, ahora podés decir ‘estuvo mal’”.

–¿Lo dijeron?

–Algunos. Pero Nelson Mandela fue una figura tan fuerte del perdón que durante muchos años se paraba y en una mano tenía a un diputado blanco y en la otra, uno negro. Si vos cerrás los ojos, verás que no hay ningún cuadro similar de un blanco con un negro y a un blanco. Por supuesto, jamás una mujer. Tiene que ser un hombre, pero ni así. Hubo un hombre blanco muy poderoso, el ministro de Policía Adriaan Vlok que fue casa por casa a pedir perdón a las víctimas. Fue a la casa de uno de los mayores líderes negros, al que había intentado envenenar. Se agachó, le lavó los pies y le pidió perdón. Después hizo lo mismo con sus cuatro esposas. Hubo una reacción de los blancos, que empezaron a destratar a Vlok. No fueron los negros, fueron los blancos. Esto me enseñó otra vez que los blancos no quieren que alguien admita que es culpable, porque así ellos no son culpables.

–¿Imagina una nueva etapa con justicia?

–No. Tenemos muchísimos crímenes. Muertes, violaciones, drogas, corrupción. De vez en cuando hay un cable diciendo que la gente que no tuvo amnistía tendría que ser sometida a juicio. Pero después todo se revuelve, se mezcla y el tema vuelve a la raza. La Comisión sacó el tema de la raza y dijo: todos son seres humanos y tienen la capacidad de ser buenos y malos. Hay buenos y malos negros, así empezaban las audiencias. Mandela sacó el tema de la raza...

–Usted se pregunta por la objetividad o neutralidad del periodismo. Nosotros decimos que debe ser constructor del proceso de memoria, verdad y justicia.

–Yo estaba entrenada en esa objetividad pero no la creo posible. Uno trae su propia crianza, cultura. En todo el mundo es claro que hay agendas. Quien paga el diario, quien pone avisos, conforma agendas. Por eso es importante cómo uno informa. Si informás para hacer que la gente se enoje, por ejemplo. En Sudáfrica nos dimos cuenta de que si publicás la noticia en una hoja separada con el logo de la Comisión, la gente no la lee, la saltea. Si aparece entre las noticias, la gente lo lee. Pero no en la radio. La gente tenía un hambre increíble de cualquier cosa que le pudiéramos informar. Por eso los periodistas son muy poderosos. Cuando fui a casa de mis hermanos me dijeron: ¡viste estos negros, lloran cada vez que las cámaras los enfocan! Yo me preguntaba por qué lo decía, si no era verdad. Después me di cuenta al mirar televisión que ponían a una periodista muy bonita, blanca y muy arreglada con el micrófono, y de repente la cámara mostraba a una mujer negra que estaba devastada, llorando. El contraste muy fuerte decía muchas cosas. En la radio, yo leía los testimonios con mi propia voz para hacer una especie de entrada y no causar ese efecto, entre la blanca bonita y la negra llorando y devastada.

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Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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