EL PAIS › OPINION

Dos episodios

 Por Adrián Paenza

Imagen: AFP.

Todos los años, alrededor de la segunda semana de septiembre, los primeros mandatarios de todos los países del mundo se encuentran en la “capital del mundo”: New York. Yo iba caminando apurado con un programador norteamericano (Kevin Bryson) para no llegar tarde a una representación teatral a la que estábamos invitados. El verano llamaba a que hubiera más gente paseando que la que uno encuentra habitualmente cuando camina por la quinta avenida y en un momento determinado, en forma totalmente inesperada, vi a Ginés González García caminando hacia mí. Lo había conocido hacía poco, cuando Duhalde estaba aún a cargo de la presidencia, especialmente porque en tanto que Ministro de Salud había sido uno de los defensores más importantes de la ley en favor de los medicamentos genéricos. Kirchner lo había ratificado a Ginés y su participación directa para que se sancionara la ley había despertado en mí una corriente de simpatía.

Ginés, con su cuerpo imponente y voluminoso (al menos en ese momento), me abrazó y me dijo: “¿qué hacés acá?” Le expliqué que estaba llegando tarde al teatro y que deberíamos posponer cualquier charla hasta otro momento. Pero él no me quería dejar ir. Me tomó de los hombros y me hizo dar vuelta mientras me decía: “Mirá quién está allí”. Y “allí”, significaba una comitiva de argentinos que rodeaban al presidente de la nación que venía, justamente, de la asamblea de las Naciones Unidas. Cuando me disponía a caminar hacia él para saludarlo, me sorprendió que fuera él quien inició su camino hacia mí, detalle que nunca me voy a olvidar. Entre quienes lo rodeaban, estaban Marcelo Stubrin y José Octavio Bordón. Kirchner se acercó y me dijo: “Venite con nosotros. Estamos yendo al consulado. Queda acá a la vuelta”.

Le dije que no podía y Kirchner insistió: “¿Le vas a decir que no al presidente de la nación?” Y sí. Le tuve que decir que no. Más allá de que estaba vestido en vaqueros y zapatillas, había gente que me esperaba y le dije: “Néstor, si yo voy, va a haber 500 personas. Yo me voy a quedar contra una pared, charlando con alguien que no me interesa y a vos te voy a ver desde lejos”. “De acuerdo”, me concedió. “¿Cuándo volvés al país? Necesito pedirte algo”.

Y así fue. Un par de meses después, me encuentro en un lugar al que no fui muchas veces, posiblemente cinco: la oficina del presidente en la Casa Rosada. De la parte del diálogo que voy a reproducir acá, hay un solo testigo vivo: Miguel Núñez. En ese momento Miguel era el “vocero presidencial” o “jefe de prensa”... no sé, algo así. Yo le había traído un libro que había escrito Juan Enríquez, y le dije que debería invitarlo al país para conversar con él para hablar sobre el futuro. Me escuchó interesado pero él tenía otro objetivo. Teníamos poco tiempo y su pedido fue muy concreto: “Necesito que elijas diez, quince, veinte –como mucho– científicos argentinos. Elegí los más representativos. Quiero hablar con ellos. No los invites acá, quiero hacer una reunión privada, en donde el objetivo es que hablen ellos. Yo los quiero escuchar a ellos... quiero aprender. No puede ser que estemos siempre hablando de los sueldos y del presupuesto. Yo me voy a ocupar de que eso no suceda más. Quiero incorporarlos a la mesa grande del país, adonde se toman las decisiones. Hablando de lo que vos me proponías sobre Juan Enríquez, quiero que ellos formen parte de quienes piensen el país en el que queremos vivir. Otra cosa: ¿cómo puede ser que los becarios del CONICET cobren 800 pesos? Es una barbaridad. Tenemos que hacer algo al respecto”.

Segundo episodio

Cuatro años más tarde, el encuentro no fue casual, sino programado. En lugar de Néstor fue Daniel Filmus, por entonces ministro de educación, quien me pidió que organizara una reunión con algunos de los científicos argentinos que estaban trabajando en la costa este de los Estados Unidos. Aprovechando la visita de los dos Kirchner (Cristina y Néstor) a la asamblea de las Naciones Unidas, el objetivo de Filmus era que Cristina (entonces solo candidata aunque casi seguro ganadora en las elecciones del mes siguiente), tuviera interacción con ellos, los escuchara y se “educara” en lo que terminaría siendo la incorporación de un nuevo ministerio del gabinete nacional: el ministerio de ciencia, tecnología e innovación productiva. Fue también ese día en el que la entonces candidata conoció a quien es el actual ministro del área.

La decisión de los dos Kirchner fue siempre muy clara para mí. La ciencia tendría un lugar privilegiado y, muy en particular, los científicos argentinos, los proyectos argentinos, la tecnología argentina. Los dos estuvieron siempre decididos a que ese quiebre fuera no solo nominal sino que hicieron lo necesario para producirlo o ejecutarlo: inyectar dinero.

No hace falta ser un historiador con experiencia para entender que los doce años de kirchnerismo no llevaron al país a la panacea en donde todo se produce en el país, en donde no necesitamos más importaciones y en donde todo el mundo vive esa suerte de Argentina Año Verde de la que se hablaba hace 30 años. No, claro que no. Pero también está clarísimo que las políticas públicas apuntaron en la dirección que los dos presidentes querían.

Ahora, todo cambió. Hoy, los científicos repatriados están preocupados porque tomaron decisiones de vida que no saben si serán sustentables. Hoy, quienes tienen proyectos a mediano y largo plazo, no saben si los van a poder terminar. Hoy, los protagonistas del proyecto de país que incluía, entre otros, satélites argentinos, aceleradores, robots, semillas, medicamentos, vacunas... no saben qué es lo que va a suceder con ellos.

Y ese es el punto crítico de esta nota. El problema es que a este modelo de país no le hace falta la ciencia o, mejor dicho, no le hace falta la ciencia argentina, porque está pensando en comprar afuera, en alquilar los servicios que podríamos ofrecer nosotros, en la supuesta libre competencia en donde –inexorablemente– perdemos por goleada, en el endeudamiento en lugar de la inversión en el país.

Hacer política es establecer una tabla de prioridades. La cantidad de dinero no es infinita. No es posible atender todas las necesidades de todos. Pero decidir en dónde se pone el acento implica apuntar a lo nacional o lo importado, a lo propio o a lo ajeno, a la defensa de todos o a la de algunos pocos, a que “pobres hubo siempre”, a que “para qué queremos tantas universidades”, el Conicet es inviable, a decir que llevarían el porcentaje del PBI dedicado a Ciencia y Técnica al 1,5 por ciento pero ante la primera oportunidad que tienen, reducirlo respecto del que hubo ¡el año pasado!

Y lo que es mucho peor, es que nadie se haga cargo. El poder ejecutivo tiene todo el derecho de enviar su proyecto de presupuesto para que sea debatido en el Congreso. Ganó las elecciones y así funciona la democracia. Pero lo que resulta entre gracioso y patético, es tratar de engañarnos haciéndonos creer que no hacen lo que sí hacen. ¿Por qué no enfrentar a la población y decirle con todas las letras que en el proyecto de país que tienen, la ciencia argentina sobra? Porque no lo pueden hacer, porque no se atreven a hacerlo. Pero el rey está desnudo y cada vez está más claro.

Y una última cosa: en nuestro país, no hay ningún segmento que esté más organizado y más preparado que los estudiantes de todos los niveles y la comunidad científica para defender el terreno ganado. Tenemos una historia y una tradición en defender la educación pública, laica y obligatoria, y esa es una línea que no van a poder mover.

Mientras tanto, mientras el presupuesto se debate en el Congreso, el ministro del área y el presidente del Conicet están en Europa. Interesante forma de ponerse al frente de la defensa de lo que tanto nos costó construir. Nosotros, en cambio, estaremos todos reunidos el próximo jueves 27, a las 4 de la tarde, justamente enfrente del mismo Congreso para recordarles a quienes deciden que el país no puede permitirse el lujo de ir hacia atrás. Ni un científico menos, ni un proyecto menos. Más becarios, más presupuesto... ¿Uno y medio por ciento dijo?

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