EL PAíS

Palabras, ruidos, silencios

Un aporte discursivo y el silencio ulterior. Miceli y Garré, dos casos distintos. Una breve incursión en los respectivos tribunales. Algunos temas de los que no se habla. Y una mención a la tristeza.

 Por Mario Wainfeld

Opinion

“Creo que el problema no es el injusto reparto de la riqueza, Mendieta. Es el generoso reparto de la pobreza”
Inodoro Pereyra, citado por Roberto Fontanarrosa

El mundo no habrá de cambiar por un discurso político de calidad, ni siquiera lo hará un pequeño país de su confín sur. Pero es bueno recuperar la oratoria pública de primer nivel. Cristina Fernández de Kirchner se lanzó dando cuenta de capacidades no frecuentes, aportando jerarquía al debate político local. Usualmente se trata de un discurrir penoso, que se constriñe a la difusión de las tácticas, a la prospectiva electoral, a la repetición de las portadas de los diarios o a la emisión de chicanas. El oficialismo no escapa a esa tendencia, la senadora innovó para bien. Un discurso racional y con contenido posibilita a los adversarios formular cuestionamientos y proponer alternativas. La oposición prefirió ningunearlo, una táctica que poco favor les hace a los reclamos de calidad institucional que todos los contendientes proclaman y que ninguno solidifica con su cuerpo.

Hace años que Néstor Kirchner venía maquinando esa escena en el Teatro Argentino de La Plata, seguramente esperaba plasmarla en un momento más propicio. La demorada e inexorable renuncia de Felisa Miceli fue la noticia política de la semana, el nombre de su sucesor la segunda.

He ahí un encanto de la sociedad democrática: nadie puede monopolizar los mensajes, su interpretación, las iniciativas. Ese es el único encanto de la caída de Miceli.

La liturgia y la prédica

“Habló como una socialdemócrata europea”, comenta un asistente al acto, socialdemócrata él, y afina: “Una socialdemócrata moderada”. La liturgia del acto, con un escenario bien distante de los gregarios palcos peronistas, inducía a la identificación. También podía hablarse de un capitalismo productivo, con control estatal. Más de continuidad que de cambio hubo en la presentación de la candidata. No puede ser de otro modo cuando se representa a un oficialismo que se percibe exitoso.

En el entorno presidencial se coincide: Cristina sola preparó su discurso, nadie sabía qué iba a decir, todos (Kirchner incluido) pudieron sorprenderse mientras la escuchaban.

Una moda en el Mercosur

El afán de ser únicos en el mundo es un berretín argentino, transversal a ideologías y clases sociales. Lo lubrican cierta pereza para informarse, para ejercitar el análisis comparativo, para mirar tan luego. Si se despejaran un poco esos prejuicios sería (aún) más ostensible la semejanza entre la campaña política local con la que precedió a la reelección del presidente Lula da Silva. Un candidato mayoritario, buscando revalidar una gestión nacional-popular, convertido en bestia negra por buena parte de la prensa de su país. La corrupción elevada al rango de problema prioritario, muy por encima de los desempeños económicos y sociales. Los medios, como vanguardia de la oposición.

En un seminario de management político realizado en mayo en Buenos Aires Marco Aurelio García, asesor del presidente brasileño, describió esa campaña y adjudicó a los medios (antes que a la oposición político-partidaria) haber impedido que Lula ganara en primera vuelta.

Denuncias excitadas se llevaron puestos a funcionarios centrales de la gestión de Lula: Antonio Palocci y José Dirceu fueron los que cayeron desde lo más alto, no los únicos.

Las semejanzas no son absolutas, pero son sugestivas. El color local existe, las simetrías de época también.

Jaque a las damas

La llamativa saga que pone mujeres en la picota, esta semana acollaró dos contingencias diferentes: la renuncia de Miceli y una embestida contra Nilda Garré. Dos circunstancias se conjugaron para armar un pobre caso contra la ministra de Defensa. La primera fue el anticipo defensivo del juez Guillermo Tiscornia quien, ante la inminencia de avances del juicio político en su contra que lleva muchos meses, trató de trasvestirse de acusado en víctima, apurando una citación a Garré. La divulgó con bombos y platillos.

La causa judicial no tiene mayor sustento, se trata de supuestos sobreprecios en una operación de poca monta. Aun si existiera el delito no existe ningún motivo jurídico para implicar en él a la titular del ministerio.

Pero, ya se adelantó, no fue Tiscornia el único causante del estrépito. El juez no llamó a Garré a prestar declaración indagatoria (como repitieron infundadamente muchos comunicadores por radio), la notificó en función del artículo 73 del Código Procesal Penal. Esa norma impone a los magistrados comunicar a presuntos implicados la existencia de una investigación que podría concernirles a fin de que puedan controlar la prueba. No hay una acusación, una sospecha fundada, sino una garantía a la defensa en juicio, al comienzo de una investigación. El cruce entre la jugada de su señoría y la interpretación desmesurada y falaz procuró poner en jaque a otra dama del staff de gobierno.

La situación de Miceli es radicalmente diferente. Desde un ángulo político, las sospechas y su falta de explicaciones tempestivas y creíbles precipitaron la renuncia. Un funcionario tiene el deber de probar su inocencia ante circunstancias tan dudosas.

La causa penal avanza sin obstrucciones. La tenencia de la bolsa de dinero, tan llamativa, no constituye per se un delito, aunque subleve a “la gente”.

Para solventar una causa por enriquecimiento ilícito parece poca plata. Si el objetivo fuera achacar a Miceli una evasión impositiva, el fiscal Guillermo Marijuán no sería competente.

El afán de Marijuán es otro, probar que el dinero es “espurio” y con esa base imputar a Miceli por encubrimiento de una operación ilícita. El encubrimiento debe ser doloso, es decir, en su caso cabría acreditar que Miceli conocía el turbio origen del dinero.

La acusación se sostiene en la hipótesis sobre el tránsito de un “ladrillo” termosellado y numerado de billetes que habría sido transportado sin escalas desde el Banco Central a la financiera Cuenca. Si alguno de los puntos de ese relato (la certeza de la numeración, el traslado, la recepción de ese ladrillo por la financiera) no se corroborara, la acusación perdería sustento. La imputación de Marijuán, un fiscal con buena reputación profesional, es una narrativa minuciosa pero todavía no sometida al necesario escrutinio de la sospechada. El cuadro se cerrará cuando la defensa de Miceli, que ya se presentó al expediente, se haga oír.

La rutina periodística deriva a menudo en confundir una hipótesis acusatoria con una prueba irrefutable o una indagatoria con una condena firme. La presunción de inocencia se pone patas arriba, gloria y loor a Juan Carlos Blumberg.

Volvamos a la política, con su propio repertorio de exigencias. Más allá del rigor del proceso penal, en el que le caben todas las garantías legales, y de su futuro político (seguramente sombrío) Miceli quedó adeudando una explicación pública sobre todo destinada a quienes respetaban su trayectoria previa.

La hora de la desigualdad

Roberto Lavagna también escenificó el comienzo de su campaña, en el extremo norte del país. Las fotos en Jujuy y en Tierra del Fuego quieren transmitir un mensaje. Los candidatos opositores pugnan entre sí por un expectable segundo puesto. Ricardo López Murphy tiene un karma adicional, la chocante (sí que callada) falta de cooperación de su supuesto socio Mauricio Macri.

La campaña entra en su faz definitiva, más pródiga en tácticas y en imágenes que en palabras. Lástima, porque un país en tránsito amerita un abordaje más denso. La única propuesta más o menos precisa emitida el jueves por Cristina Kirchner, la necesidad de algún acuerdo social tripartito, es un aporte, quizás insuficiente. Amén de su relativa imprecisión parece más funcional para consolidar el “modelo” que para superarlo. El “modelo”, bien mirado, es una propuesta coyuntural de crecimiento económico. El declarado propósito oficial es transitar del crecimiento al “desarrollo”. Parece pensar más en una secuencia de estadios sucesivos que en cambios cualitativos.

Los conceptos siempre son indicativos y parciales, aun así puede marcarse que en el imaginario oficial hay pocas alusiones a ciertas marcas de época, la desigualdad básicamente. El crecimiento, la recuperación del empleo, la dignificación de un sector asalariado, los aumentos de las jubilaciones son, sin duda, progresos. La desigualdad, la violencia, la insolidaridad que proliferan en la sociedad, verosímilmente, no se subsanarán sólo con un crecimiento sostenido.

El mapa económico y social se ha reconfigurado en este cuatrienio. Todo ha subido algún peldaño pero las disparidades son chocantes. Las hay entre clases, al interior de la clase trabajadora. También regionales, algunas son pura continuidad histórica: la pobreza de buena parte del NOA y del NEA. El conurbano bonaerense es un núcleo relativamente reciente, un agujero negro de gigantesca magnitud. Los jóvenes afrontan dificultades mayúsculas, potenciadas si su tránsito generacional cruza con la pobreza familiar.

Sólo una potente intervención de políticas públicas novedosas, adecuadas a “la etapa del purgatorio” podría comenzar a paliar esas injusticias. Un nuevo sistema de salud, un nuevo sistema educativo, beneficios universales inéditos (algunos podrían ser acentuación de acciones existentes, como el plan Remediar o el seguro de empleo y capacitación), deberían formar parte de la promesa por venir. El ágora no incluye ecos de esas necesidades urgentes, novedosas. Son síntomas de un nuevo escenario de la crisis, que el puro despliegue económico no reparará.

Son también temas pendientes, sojuzgados por la polución de denuncias e imágenes.

Final indeseado

La frase del epígrafe, redonda por demás, es un rebusque para introducir una evocación en esta nota, que incursiona en otros escenarios. Esta semana fue, antes que nada, dominada por la tristeza. Roberto Fontanarrosa era un tipo agradable, portador de un inmenso talento. Estaba dotado de la más noble manifestación de la inteligencia, el sentido del humor. Fue un dibujante notable y escritor de primer nivel, alegremente original. Estas líneas no agregarán ningún detalle personal, quien las escribe no lo conoció. Fue, como tantos otros, su lector agradecido y un deudor de alegría. Lo seguirá siendo, como tantos.

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Imagen: Pablo Piovano
 
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