EL PAíS

Cumbre borrascosa

 Por Mario Wainfeld

Como se comentó en este diario hace dos semanas, la reunión de Unasur en Bariloche podía aspirar a objetivos poco estridentes y, al unísono, difíciles de conseguir. La “diplomacia presidencial” signa al organismo, en el que prima la lógica (o, si uno quiere ponerse dramático, la dictadura) del consenso. El poder de veto de cualquier integrante condiciona cualquier avance. La cumbre del viernes tenía ese talón de Aquiles, patente desde que Cristina Fernández de Kirchner la promovió en Quito y se comprometió a conseguir la presencia del chico malo del vecindario, su par colombiano Alvaro Uribe. La presidenta argentina se expuso al convocarlo, obtuvo una respuesta veloz: “Cuenta conmigo” chimentan que le respondió en tono de bolero el cuadro más poderoso, intrépido e inescrupuloso referente de la derecha regional. De cualquier manera, Uribe llegó acá con el hecho consumado y el veto bajo el brazo y lo hizo sentir.

Cambiar el hecho esencial era imposible. La mayor aspiración de Brasil y Argentina era mantener vivo el organismo, conseguir una foto y una declaración conjuntas y emitir señales de la amplia unidad de los presidentes en su cuestionamiento a la avanzada militar norteamericana, afincada en Colombia. La coyuntura regional es mucho más preocupante que hace cinco años, o que hace dos. El golpe de estado en Honduras, el desembarco de nuevos contingentes de la principal potencia bélica del mundo, son los dos primeros hechos relevantes, aciagos, de la era Obama.

Si no hay lugar para milagros, es necesario arremangarse para aminorar el daño y el riesgo. Eso se procuró y se logró. Se expresó más en la pervivencia del ámbito, en la postura unificada de Argentina, Brasil, Chile, y Uruguay que en lavado documento final, que debió consensuarse palabra por palabra con Uribe.

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Jorge Taiana agotó las baterías de su celular desde Honduras, donde estuvo desde principios de semana. El canciller fue hilando la táctica del encuentro y el esbozo del documento con sus colegas de países hermanos.

La reunión, pautada para tres horas con agenda abierta, estaba predestinada a durar mucho más. El ecuatoriano Rafael Correa calentó el ambiente varias horas después del inicio, lo que embroncó al usualmente flemático presidente Lula da Silva. Uribe respondió al ecuatoriano con lengua afilada. “Es un cuadrazo, miente bien y no se le cae la cara”, describe un alto funcionario argentino que lo tuvo bien cerca. Los argumentos del mandatario colombiano no resisten el menor análisis. Invoca que su país tendrá el manejo de las bases y que el aterrizaje masivo tiene como función el combate contra el narcotráfico y el terrorismo. Es inverosímil que sean necesarios aviones aptos para llegar en un soplido hasta la Patagonia para enfrentar el traslado doméstico de droga. Pocas cosas menos creíbles hay en la faz de la tierra: una de ellas es que las fuerzas armadas estadounidenses reportarán a los mandos colombianos. La normativa legal que las rige impide tal subordinación, que no funciona ni en la OTAN. No acatan la ley colombiana, por gozar de extraterritorialidad, menos pondrán a un imaginario general Smith a las órdenes de un general González sudaca.

La fuerza de Uribe no fincaba en su discurso, quizá funcional para su platea doméstica, sino en el mentado talón de Aquiles de la Unasur. Que viniera, que escuchara los reproches casi unánimes, que firmara el documento y posara para la eternidad eran los máximos (sí que parciales) objetivos accesibles. Desde esa racional aceptación de los márgenes Agustín Colombo Sierra (subsecretario de América Latina y coordinador argentino de Unasur) mostraba conformidad... y algo más. “Estamos aliviados, la Presidenta convocó a una reunión, logró la asistencia de Uribe. Asistieron once mandatarios. Nadie se levantó o se fue. Fue en el interior de Argentina, la logística funcionó muy bien. El documento refleja la realidad, en la que existen conflictos.” Colombo Sierra fue uno de los funcionarios que puntearon palabra a palabra el texto del documento final, en una de las tantas escenas transmitida en vivo por tevé. Tamaña mostración es un error, al que indujo Uribe, que todos consintieron y que Lula lamentó en su discurso final.

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El Consejo de Defensa de Unasur se fundó en respuesta a los despliegues de la Cuarta Flota, se reunirá en los primeros días de septiembre. Los cancilleres y los ministros de Defensa trataron de apuntalar el consenso conseguido, un piso pasable difícil de elevar.

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La paz en América del Sur es un capital enorme construido en años de democracias, la cimenta la convivencia de varios gobiernos con afinidades político-ideológicas. Los más radicales (Venezuela, Bolivia y Ecuador) tensan la cuerda pero, in extremis, tienen el tino de comprender que más les vale cooperar con Argentina y Brasil que se afanan por apoyar su gobernabilidad y canalizar sus demandas. Esa doble base, la paz y la empatía, afronta hoy un horizonte borrascoso.

La prospectiva electoral en Chile, Uruguay y Brasil hace posibles y hasta presumibles movimientos del péndulo hacia derecha. Las chances de perduración de los Kirchner se han acotado mucho, aunque resta más tiempo de mandato para remontar.

Los líderes de esos países dieron cuenta de sus coincidencias. Lula destacó los años de gestión común que vienen llevando los presidentes. Paseó su oratoria por tópicos gratos a la tradición independentista: alusiones críticas al “Norte”, menciones a la descolonización sucedida en este siglo. Fernández de Kirchner y Michelle Bachelet dieron cuenta de la desmilitarización de la relación entre sus países y la amplia cooperación entre sus fuerzas armadas. Un contraste sideral con las épocas de la “hipótesis de conflicto” entre limítrofes. La presidenta chilena y el uruguayo enfatizaron su compromiso con el reclamo por Malvinas.

Con ese acervo amenazado es lógico que se tomara con seriedad una reunión que tenía el tono de una conferencia de paz.

Diplomáticos de alto rango de esos países deploran el primer choque franco con la administración de Barack Obama. Seguramente no lo promovió el presidente que atribuyen al policentrismo característico del sistema político norteamericano, una suerte de facultades delegadas al revés.

Este Sur no es prioridad en la agenda de Obama, la política se deja en manos del Pentágono o del Comando Sur. Algunos baqueanos agregan que también talla alto el Departamento de Estado, un coto dejado a Hillary Clinton en aras de conservar la unidad del Partido Demócrata. Dos hombres fuertes de Hillary intervienen activamente en los dos graves conflictos que hicieron pus en estos meses. Lanny Davis teje la inserción internacional del gobierno golpista de Honduras. Y Mark Penn, otro cuadro demócrata, amaña las conversaciones con el gobierno de Colombia. Por acción o por omisión, Obama arranca una etapa preocupante. Todavía no da para afirmar que “contra Bush estábamos mejor”, pero sí para formular la frase en modo interrogativo y sobre todo para asumir que su política exterior tiene un sino aciago para los países progresistas de Unasur.

El afán de Lula de promover una reunión colectiva con Obama ya tuvo un rechazo de la Casa Blanca y fue (era de manual) objetado por Uribe. Tal vez haya una nueva oportunidad, el mes que viene en el propio corazón del imperio, sea con ocasión de la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York. O, pocos días después (sólo para Brasil y Argentina) en el cónclave del G-20 en Pittsburg. Difícil que el chancho chifle pero seguramente se hará el intento.

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