EL PAíS › OPINION

Oratoria y sepelio

 Por Horacio González

Extraña es la muerte. Como decía Macedonio Fernández, no puede ser pensada, nada sabemos de ella porque ella misma, en acto, no provee experiencia alguna para el que la sufre. La muerte deja en libertad al presente y a la vida en general. Pero es una libertad tan amplia como condicionada, que el muerto no puede torcer aun con sus últimas disposiciones. La muerte de Alfonsín provocó los profundos simbolismos de los cuales el muerto nada sabe, pero es posible imaginar que los deseaba. La muerte deja suelta la imaginación del muerto, sin referencia. Entonces, puede superar a lo que hubiera sido su voluntad.

En el Congreso, el discurso de Sarney, ex presidente de Brasil, fue inflado, con la pompa de quien también es miembro de la Academia Brasileira de Letras, famosa por el cultivo de elaboradas exaltaciones. Sarney también había despedido a Tancredo Neves, presidente electo brasileño que no llegó a asumir. En aquel sepelio, hubo varios muertos entre los asistentes, por los apretujones. Sarney propuso que eran los “ángeles populares” que partían en compañía del insigne fallecido. El orador había encarnado la suave transición entre los regímenes militares y los gobiernos democráticos en Brasil. A ambos perteneció. Lo que dijo ante el féretro de Alfonsín fue quizá lo más interesante de lo escuchado en el Congreso. Debajo del boato contrito, había una consideración sobre la política energética encarada como una dificultad a superar entre ambos países. Sigue siendo un problema entre Brasil y Argentina que apenas ha evolucionado en su tratamiento pero no en su capacidad de sobresalto. Al margen de las luchas electorales argentinas, Sarney pudo mencionar así un elemento de verdad, una cuestión histórica controvertida.

Cobos fue más problemático, pero se notó menos, pues posee un estilo suave y resignado para decir las cosas más desmedidas. Su reflexión profunda es imperceptible pero súbitamente percibimos que captura lo esencial. Se trata de un monograma existencial que denomina “el destino”. Tiene razón. Es su propio estar-ahí. Una condición sólo justificada por los imprevistos encadenamientos de los hechos. A cargo de la presidencia ese día, con el gobierno nacional como gran ausente, recordó indirectamente su voto famoso y explícitamente la paz con Chile, que atribuyó al Papa. Este episodio lo encontraba como conscripto movilizado en la cordillera. Hijo de las formas más oníricas del azar –que de alguna manera es lo contrario a la muerte–, Cobos enlaza su vida con la historia a la manera de un sueño infantil. Con menudos ingredientes, sin moverse, obtiene mucho. El Estado se congela para él en un único momento glorioso. Es la ceremonia desnuda de su mera presencia entendida como extravagante intervención de la providencia en el seno de los reglamentos institucionales. Momento angélico que con las menciones papales intenta sujetar. Es su biblia escueta, con momentáneos granaderos y blasones.

Alfonsín, se sabe, era un laico. Cierta vez subió a un púlpito para responderle al propio púlpito. El obispo que en las escalinatas del Congreso pronunció el Agnus Dei por los difuntos fue prudente. Detalle interesante, señaló algo así como un “laicismo trascendente” en Alfonsín. El ex presidente muerto pertenecía al credo krausista, lo que no solía manifestar muy explícitamente, pero se expresaba en la convicción de que hay cierto misticismo profano en la vida política. El panteón de los muertos en la revolución de 1890 que ahora lo acoge en el cementerio de la Recoleta –allí también están Alem e Yrigoyen– parece apropiado. Pero en el tenor de ciertos discursos, ofrecía el bastante visible espectáculo de una historia cíclica, de un incómodo ritornello. El discurso de Leopoldo Moreau lo acentuó más que el de otros, pero no fue a la zaga del que en el Congreso pronunciaron, figuratio electionis, los senadores Morales y Sanz. Lo cierto es que Raúl Alfonsín se había referido muchas veces a aquella lejana revolución de 1890, justificada por lo que se señalaba del gobierno de Juárez Celman en cuanto a incompetencia y corrupción, y que parecía haber perdido el apoyo de su cuñado, el general Roca.

Los combates cruentos en Plaza Lavalle en aquel año, las dubitaciones del general Campos, el mitrismo presente en la fundación de la Unión Cívica, la sombría disconformidad de Alem con el curso de las acciones, la forja cívico-militar de la sedición, el perdurable origen partisano de la boina blanca, muy a menudo fueron parte de la reflexión de Alfonsín en los primeros tiempos de su gobierno. Quería medir aquellos hechos revolucionarios que veía como una legítima manifestación de la lucha fusil en mano –fundada en motivos republicanos, democráticos, constitucionales–, con las insurgencias armadas de los años ’70. Estas, a las que muy notoriamente había criticado, quedaban muy desfavorecidas frente a las huestes que se situaban en la prehistoria del partido radical.

Hoy, a la luz de una actualidad absolutamente presente en el texto interno de la despedida a Alfonsín, digamos que los cívico-militares del noventa que intentaron derrocar al torpe presidente de la época, tanto serían los progenitores de un recordable espíritu yrigoyeniano como también de las estructura persistente de las asonadas que a la postre –afirmémoslo ahora– tendrían evidentes parecidos con las que Alfonsín condenaba tan justamente, ya bajo la forma de los decididos golpes de Estado contemporáneos. Entonces, para ser justos, que nadie se ofenda, los antecedentes de esos golpes habría que buscarlos antes de la aciaga fecha de 1930.

Volviendo a los discursos en la Recoleta, frente al Panteón del 90, el ex presidente uruguayo Sanguinetti, que tiene todo derecho a contar su interpretación de la historia argentina, debería por eso mismo haber sido más cuidadoso, ecuánime y profundo en sus valoraciones. Periodizar adecuadamente la historia argentina con el concepto de golpe de Estado es una opción que debería ser renovada en los días que corren con otras reflexiones de mayor alcance y hondura. Quizás el presente argentino no las permite, aunque frente al estimable muerto no era necesario hacer notar el inmediatismo que nos atraviesa a todos ni una mirada abstracta de la historia.

David Viñas, cuando joven adolescente, presenció el cortejo de Yrigoyen por la avenida Callao, cubierta por una gran muchedumbre acongojada. El cajón –nos cuenta– iba de un lado a otro de la calle bailando por encima de las cabezas de la gente, como suspendido en bocanadas de angustia colectiva. Más de cuarenta años después, en el mismo Congreso nacional, Ricardo Balbín habría de hacer su recordado discurso frente al ataúd de Perón. Poseído por la severidad de ese gran momento, el líder radical enhebra figuras retóricas poderosamente efectivas y no lo llama nunca por su nombre a Perón. Le dice el muerto, como en un cuento de Borges. En cambio nombra a Yrigoyen, en un espectral gesto de rever la historia bajo una lógica recurrente. Reconciliado ya con un Perón –el muerto– del que quería decir que aún había que hacerle decir una y otra vez que debía volver de las brumas del golpe de 1930 como un joven capitán arrepentido.

La historia ha vuelto en estos días, y la vigorosa figura de Raúl Alfonsín –el muerto– merece ser interrogada por los hombres del presente. Es lo que intentó la oratoria que escuchamos por televisión. Como siempre, frente al drástico hecho de la muerte, los hombres buscan con desesperación las palabras propicias que huyan de las rutinas del género fúnebre. Si no lo logran, las pobres hilachas del presente reclaman sus oscuros derechos.

* Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.

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Imagen: Pablo Piovano
 
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