EL PAíS › OPINION

Entre el homenaje y la campaña

El adiós a un protagonista y los usos políticos ulteriores. La autoestima radical en alza, sus derivaciones en variados territorios. Cobos, de la expulsión al éxtasis. Novedades en la comunicación política, complicaciones para el oficialismo en dos distritos. Y un personal recuerdo como broche.

 Por Mario Wainfeld

El adiós al presidente Raúl Alfonsín fue multitudinario y respetuoso, en buena hora. No fue el primero ni el único veredicto popular sobre su gobierno y su acción política y llegó cuando estaba extrañado del poder, un dato relevante subestimado en los análisis ulteriores. Como fuera, en el momento adecuado se ensalzaron sus virtudes y se valoró (desde variadas tiendas políticas) a un dirigente de primer nivel, grande en aciertos y errores, que generó enormes ilusiones y decepciones. Más allá de lógicos deslizamientos, que ya se glosarán, primaron el decoro y un innegable tono afectivo, que se extrañan en las contiendas cotidianas. Ese verdor se marchitará, la intolerancia es la media de las contiendas diarias, seguirá siéndolo.

Ningún protagonista es dueño de su legado, que pasa por distintas manos y versiones. Los usos de Alfonsín fueron surtidos, su mensaje se retradujo velozmente, tratando de llevar agua a distintos molinos, Nada hay de enojoso en esto, los políticos no pasan del obrar al Panteón, perviven en las luchas que encarnaron.

Se habló y hablará mucho de las lecciones que dio el líder radical. En general la enseñanza se destinó a los demás, en especial al kirchnerismo. No se escucharon voces que recapacitaran sobre su propia intolerancia o desmesura. La profusión de alabanzas al “diálogo” o a los “consensos” no arrojó ninguna detección de vigas en el ojo propio.

Ni siquiera los capos de la Sociedad Rural formularon un mea culpa acerca de cómo lo abuchearon e insultaron en 1988, escena accesible en YouTube. Tampoco registraron que Alfonsín les recriminó su complicidad con la dictadura. Hubo presidentes de diferentes partidos que les reprocharon ese doblez, la lección no fue internalizada.

El prisma del tiempo refracta otros datos, 13 paros obreros en seis años (o en poco más de cuatro para ser precisos) de inflación desatada, malaria y aumento del desempleo son pintados como el colmo de la intransigencia y la obstrucción. En tanto, siete boicots patronales a la producción con cortes de ruta en un mero año, mucho más agresivos con los derechos de terceros, se embellecen como un paradigma de la resistencia a la opresión. La política es siempre un área en disputa, la interpretación de los legados, también.

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La atmósfera de recuperación de la figura de Alfonsín trascendió a la UCR pero sus correligionarios fueron el eje de las movilizaciones y de los homenajes. La selección de la lista de oradores refleja esa lógica preeminencia. Los compañeros de ruta, los panradicales, no tuvieron voz. Antonio Cafiero, un sincero amigo de Alfonsín, expresó la solidaridad de su generación, dentro del peronismo. Los organizadores asumieron que era forzosa la presencia de una figura institucional del justicialismo, con vigencia actual, de ahí el convite al presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Fellner.

La masividad en el Congreso y en el tránsito hasta la Recoleta mejoraron la autoestima de los radicales. No hay cómo determinar el impacto de la desaparición de Alfonsín en la intención electoral, pero ya es palpable que algo cambió en la campaña y en la calesita de candidaturas. Con su base galvanizada, la dirigencia radical busca mejorar sus posiciones relativas en lo posible ganando terreno frente a la Coalición Cívica (CC). El sentido común de la dirigencia radical recela de Elisa Carrió, que hasta ahora traccionó, en función de su mayor densidad política, a Gerardo Morales y los suyos. Julio Cobos les cae más confiable, lo intuyen previsible, menos rupturista con los códigos partidarios. El vicepresidente en ejercicio irá a la Convención radical, para ponerse a la cabeza del partido del que fuera expulsado de por vida. Hará campaña contra el Gobierno que integra, dos hallazgos acerca de la libre interpretación de las instituciones.

Fueron conspicuas varias operaciones recientes, tendientes a revisar la preeminencia de la CC en Buenos Aires y hasta la primera candidatura a diputados de Margarita Stolbizer. Las encuestas de hace una semana indicaban la creciente polarización entre el kirchnerismo y el peronismo disidente, encabezado por Francisco de Narváez. Se están haciendo nuevos sondeos, simulando otro diseño de listas, incluyendo a Ricardo Alfonsín a la cabeza. Con datos frescos a la vista, la polémica interna se avivará aunque, como es proverbial, se comentará que no es tiempo de discutir esas menudencias.

En la Ciudad Autónoma, los boinas blancas comparten un diagnóstico extendido: Gabriela Michetti gana lejos, pero a partir del segundo puesto todo es posible, si Carrió persevera en no ser cabeza de lista. Así las cosas, toma más densidad una idea previa: ir con boleta propia, con la lista 3, seguramente con algún dirigente vinculado con el gobierno alfonsinista.

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Los amantes del marketing político estarán de parabienes hasta fines de junio, la creatividad criolla está desatada. De Narváez inauguró un nuevo modo de propaganda: la publicidad no tradicional (PNT) durante un partido de fútbol. Los PNT durante teleteatros o programas de entretenimientos suscitaron muchas discusiones (esos chivos no siempre se facturaban currando a la AFIP, ocasionalmente eran un rebusque de actores o animadores astutos). El diputado-empresario innovó en la materia, irrumpiendo en un espacio de rating sideral, el partido Argentina–Venezuela. En pleno desarrollo del juego, como al desgaire, las cámaras lo mostraron tres veces, durante varios segundos que cotizan como el oro, observando el espectáculo con aires de estadista. El cronista le pregunta a su asesor, el Master en Rosca política de la Univesity of the Street, si está permitida esa publicidad con tanta antelación al comicio y si las numerosas ONG que escarban en el gasto político investigarán su precio, su facturación y su legalidad. El Master ríe, de buena gana. Está en su salsa cruzando chismes con Enrique Nosiglia, el Chueco Mazzón y un puñado de consultores. Es la hora de los operadores, de las encuestas a granel, de las novedades en comunicación.

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En el oficialismo se observa con simpatía la reemergencia del radicalismo en Buenos Aires. “Le sacan votos a De Narváez” imaginan con la ligereza propia de esas especulaciones de volea. Menos virtuales son las dificultades que le crecen al Frente para la Victoria en dos provincias importantes. En Mendoza, con el padrinazgo de Cobos se avizora un escenario ruinoso para el oficialismo nacional. El aplausómetro de la Fiesta de la Vendimia, un hecho popular por antonomasia, arrojó un saldo deprimente para el gobernador Celso Jaque: abucheos para él y ovaciones para el vicepresidente. La boleta de senadores del radicalismo reflejaría la buena onda entre los que se quedaron, representados por Ernesto Sanz, que va por su reelección y la diputada Laura Montero. Montero fue la ministra de economía de Cobos, una de las primeras que salieron al cruce de los sospechosos números del Indec nacional.

En Santa Fe, Carlos Reutemann volvió a mostrarle los dientes al kirchnerismo. En su jerga siempre críptica, cuasi oracular, anunció (o casi) que “irá por afuera”, confrontando con la lista kirchnerista que encabezaría Agustín Rossi. Los operadores kirchneristas no se dan por vencidos ni aún vencidos, como exhortaba Almafuerte, y siguen tejiendo una improbable lista de unidad. El celular de Lole se recalienta, diz que no atiende las llamadas.

El ex gobernador arriesga mucho porque un traspié lo postergaría en la grilla de presidenciables. Claro que, si gana, quedará muy bien ranqueado.

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El cronista escribió el miércoles una larga nota sobre Raúl Alfonsín, a ella remite, no desea repetirse. Ya reseñó, como mejor pudo, sus proezas y sus hechos aciagos, un inventario incompleto que seguirá controvirtiéndose durante décadas. Apenas quiere consignar que descree de su retrato pasteurizado, negador de la existencia de intereses, ideologías y pertenencias en la política. Alfonsín fue consecuente con su identidad partidaria, a niveles altísimos. Buscó la hegemonía por medios lícitos, cuando tuvo poder, en la lógica búsqueda de acumulación democrática. Cuando estuvo en la cúspide, fue por más: no convocó a una Moncloa, prefirió prevalecer apelando a la fuerza del número. Confrontó muchas veces, en el Congreso, en el púlpito, contra “las corporaciones” contra las que luego cedería en exceso. El adagio “que se rompa pero no se doble” o la expresión “mantequita y llorón” que le dedicó a Ubaldini no expresan, en el módico saber del cronista, una inquebrantable búsqueda de consensos sino modos de afirmar identidades y dirimir supremacías. Un político cabal trata de modificar la realidad. También se dedica a labores menoscabadas por los profanos o los advenedizos: internas, armado de listas, reuniones con punteros o militantes. O mechar subsecretarios que controlen un poco a secretarios de Estado no del todo confiables. O procurar cargos para los correligionarios cuando el partido está en el llano. O pelear desde abajo, después de la derrota en las presidenciales, por ser titular del Comité Nacional, un gesto épico en el imaginario del cronista.

A ese político de raza, que rayó bien alto entre 1982 y 1986, que marcó hitos en la democracia argentina, añora a su modo el cronista. Si el hombre viviera, estaría en campaña junto a los suyos. No hace falta comulgar con sus preferencias ni olvidar sus errores y limitaciones para honrar su compromiso vital con la política, que sostuvo hasta el último suspiro.

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Imagen: Pablo Piovano
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