ECONOMíA › OPINION

No hay dos sin tres

 Por Mario Wainfeld

“Si Moreno es un recurso táctico para endurecer la negociación, está todo bien. Si Moreno es quien produce la estrategia del Gobierno, estamos en el horno”, sintetizó más de una vez Martín Lousteau ante oídos amigables, empezando por su equipo y por su mejor aliado en la interna oficial, Alberto Fernández.

En poco más de cuatro meses, peleando con su predecesor el record de brevedad en los dos gobiernos de los Kirchner, el joven (ya ex) ministro de Economía no pudo convencer a su presidenta (ni al ex presidente) de ese sencillo aserto. También fueron desoídos otros, que resultan bastante evidentes fuera de Palacio.

El primero, en orden cronológico, fue la necesidad de restaurar la credibilidad del Indec.

El segundo (sí que prioritario desde los pininos de su gestión) fue la creciente gravedad de la inflación. “Nadie puede negar que los precios suben, en especial los de los alimentos que forman parte de la mesa de los argentinos. Y que ese aumento castiga especialmente a los más pobres”, porfió Lousteau repetidas veces. Tuvo escuchas atentas pero la cúpula oficial creyó que no había motivos para innovar ni para cambiar. “Si el crecimiento sustentable estuviera garantizado sencillamente con tipo de cambio competitivo y superávit, todos los países del mundo crecerían al 8 por ciento, indefinidamente”, argumentaba el ministro, mientras su poder relativo se consumía como la piel de zapa.

El hombre sostuvo su postura. Pero cayeron en saco roto sus reclamos a favor de mayor sofisticación, de complejizar el “modelo”, de generar índices de precios creíbles, de notificarse que las políticas de carnes y de granos habían favorecido la demonizada sojización.

“Moreno se negó a reconocer el valor del arrendamiento como integrante del costo de la leche. Les bajó el copete a los productores por un rato. En el mediano plazo, muchos se van pasando a la soja”, pintó cuestionando no ya los modales sino la falta de política del Supersecretario.

No renegaba de la intervención estatal, proponía imaginar un organismo similar a la clásica Junta Nacional de Granos, con las reformas institucionales que fuera menester. No renegaba de la acción gubernamental en la formación de precios. Bregaba por mecanismos más sofisticados, mirando a extremos de la cadena soslayados por la lógica sacralizada por los dos presidentes. “Los supermercados tienen márgenes feroces, se puede meter mano al final, no puede ser que se lleven más del 20 por ciento en alimentos básicos o 30 por ciento en aceites”. La preferencia oficial, desde siempre, fue acordar con “pocos pero grandes”: un rebusque práctico que pudo valer en la emergencia pero que, prorrogado en exceso, castigó a los empresarios menos pimpantes a favor de los más concentrados.

En esta semana, Lousteau alertó públicamente acerca de la necesidad de poner en caja a la inflación, un reclamo que formulan a voz en cuello casi todos los economistas que tienen puntos de vista afines o no antagónicos al “modelo”. Desde Miguel Bein, hasta Eduardo Curia, pasando por Leopoldo Frenkel han encendido luces amarillas intensas. Lousteau le puso números a esa advertencia: según estudios que manejaba su ministerio, el crecimiento del consumo de sectores populares fue superior al de clases medias y altas entre 2003 y 2006. A partir de ahí, la ecuación se invirtió. El consumo de los argentinos con más recursos subió más que el otro, quizá lubricado por la falta de estímulos al ahorro y los subsidios tarifarios que el gobierno les prodigó.

Esa distancia creciente entre el gobierno y quienes (sin integrar su disco rígido) pensaban parecido pero mantienen su espíritu crítico seguramente limitó el casting de sucesores de Lousteau. Es entre improbable e imposible que un economista de primer nivel pudiera aceptar un ministerio tan envenenado y tan vaciado de incumbencias como el que soportaron (más allá de sus diferencias personales, formativas y de estilo) Felisa Miceli, Miguel Peirano y Lousteau. La secuencia de sus sucesivas salidas, tras haber tropezado con la misma piedra (que no es Mario Guillermo Moreno sino el esquema de funcionamiento oficial que le da cabida y eminencia) revelan una disunción sistémica de la que el gobierno debería tomar nota.

En derredor de Palacio ya se empieza a decir que Lousteau pretendía enfriar la economía, un slogan que identifican con el fracaso y el neoliberalismo. Quizá su afán era dinamizar un cambio cualitativo para preservar lo ya acumulado sin creer que los instrumentos utilizados para salir del infierno eran (dogmáticamente) los ideales cuando se pasó al Purgatorio.

Aun si fueran ciertas las criticas despiadadas que se murmuran contra el funcionario saliente, no excusarían a la Presidenta del error de haberlo elegido y a la pareja presidencial de armar una máquina de lijar a sus propios ministros de Economía.

Carlos Fernández arranca como un ministro carente de pergaminos. Cuesta imaginarlo como algo diferente al número dos de Moreno, tal vez intente otra cosa. Arranca en un momento muy poco promisorio del kirchnerismo (quizás el más flojo desde 2003) inimaginable el 10 de diciembre del año pasado.

No queda sino desearle buena suerte y pedirle que, más allá de los microclimas de Palacio, se percate de que el gobierno pasó de pantalla. Que son otros los desafíos, otros los requerimientos de la sociedad civil y los sectores productivos, otros los reclamos de los gobernadores. Y otras también las correlaciones de fuerzas. Que la agenda no es la misma. Y que, reperfilados los objetivos, es puro mecanicismo atribuir virtudes imperecederas a viejos instrumentos.

Y que (más allá de palabras, microclimas y voluntarismos), la inflación está desnuda.

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