EL MUNDO

Irán, EE.UU., China y Al Qaida se disputan el liderazgo de la región

Refugio de Bin Laden y cuna del panislamismo, Sudán atrajo la atención de las potencias mundiales cuando se descubrieron sus vastas reservas petroleras. El rol de Hassan al Turabi.

 Por M.L.C.

A primera vista parece extraño que la mayor potencia del mundo se interese tanto en un país africano que hace sólo un par de décadas era prácticamente ignorado. La razón excede a los intereses petroleros –que sí existen– y al fuerte lobby que están realizando los grupos cristianos en Washington. Después del atentado contra las Torres Gemelas, Sudán se ha convertido en un actor principal en la guerra de la Casa Blanca contra el terrorismo. Sede de Osama bin Laden y de sus negocios durante muchos años, Jartum es un buen aliado de Irán y China, y goza del apoyo de la principal organización terrorista en el mundo, Al Qaida.

En el informe de la Comisión parlamentaria del 11-S, Estados Unidos destacó por primera vez la figura de Hassan al Turabi, el hombre que invitó y protegió durante años a Bin Laden en Sudán. Era uno de los dirigentes sunnitas más influyentes, que después de participar en un supuesto intento de golpe de Estado pasó a la oposición. Educado en Londres y en París, se cree que fue el ideólogo de los últimos gobiernos musulmanes y, especialmente, de la imposición forzosa de la Ley Sharia desde 1983. Para conseguir su objetivo último, la islamización de todos los sudaneses, Al Turabi ha buscado alianzas con grupos musulmanes extremistas en el exterior. Por eso, a principios de los noventa invitó a Bin Laden a trasladar todas sus operaciones a Sudán. A cambio, el terrorista más famoso del mundo le prometió ayuda en su campaña contra las milicias cristianas y animistas del sur, y financiamiento para obras públicas. Pero lo que comenzó como una relación ideológica y económica se convirtió con el tiempo en algo más personal. Durante su estadía, Bin Laden se casó con una de las sobrinas de Al Turabi.

Su ambición panmusulmana llevó al dirigente sudanés a entablar relaciones, además, con miembros importantes de la milicia libanesa Hezbolá, la palestina Hamas, la Organización para la Liberación Palestina (OLP, por sus siglas en inglés) y la Jihad egipcia. Según el informe del 11-S del Congreso estadounidense, fue en esa época y en Sudán en donde Irán y Al Qaida firmaron sus primeros acuerdos de cooperación para el entrenamiento de terroristas.

Como si esto no fuera poco para despertar el interés de Washington, China decidió asentarse en el país, con muchos millones de dólares, en los noventa. Pekín no sólo vio –y ve– un potencial petrolero muy importante para sustentar el rápido crecimiento en su país, sino que además quiere asegurarse la posición estratégica de Sudán en el continente. Es el puente entre Africa Central y el Mar Rojo y controla gran parte del caudal del Nilo, junto con sus abundantes recursos naturales –entre ellos el petróleo–. Además, comparte fronteras con nueve países, entre ellos naciones claves para Washington como Egipto, Libia y la siempre conflictiva República Democrática del Congo.

El presidente de facto sudanés, el general Omar Ahmad al Bashir, equiparó el despliegue de tropas de la ONU en el país a una colonización encubierta para apropiarse de los recursos y la posición geoestratégica de su país –un miedo que Pekín, su aliado, seguramente también comparte.

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Una niña juega con la arena en un campamento de refugiados en Chad, en el límite con Darfur. La situación allí se tornó crítica.
Imagen: AFP
 
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