SOCIEDAD › EL RELATO DE LAS CHICAS PROSTITUIDAS POR UN EX POLICIA Y CONDENADAS COMO SUS COMPLICES

Después del prostíbulo, después de la prisión

Betiana fue forzada a prostituirse a los 9; Vanesa, a los 13. Ahora, tienen 21 y 22. Acaban de ser condenadas porque su último patrón las obligaba a disciplinar a otra chica del prostíbulo. La pena fue leve y recuperaron la libertad. Aquí, recuerdan ese infierno y revelan los sueños y temores por la nueva vida que empiezan.

 Por Marta Dillon
Desde Córdoba

Ninguna de las dos puede quedarse quieta, mucho menos soltarse de un abrazo destinado, más que a contenerse una a la otra, a palpar esta verdad nueva de encontrarse en la calle y a la luz del día, con la ilusión de poder controlar por primera vez desde que son mujeres el rumbo de sus próximos pasos. Hace demasiado tiempo que Betiana Zapata y Vanesa Payero viven a disposición de la voluntad de otros. Proxenetas o falsos maridos, dueños de prostíbulos disfrazados de bares, transportistas, policías, abogados, todos esos que se suponía que las protegían a cambio de “atenciones” gratuitas. Y de los clientes, claro, los que pagaban para hurgar dentro de ellas durante 15, 30 o 60 minutos, uno detrás de otro, cada noche desde que Betiana tenía 9 y Vanesa 13; con algún intervalo para soñar, como cualquier chica, con algún proyecto propio que las rescatara de un continuo de noche que ni siquiera da lo que promete: subsistencia.

“Nueve años tenía cuando me violó una patota de vagos en un rancho. Y ahí hice la denuncia, con mi papá, pero después él me dijo que me olvide de él, que para mí ya no existía porque no estaba de acuerdo con mi vida.” Cuando logra calmarse, un rato después de que una integrante del Servicio Penitenciario provincial le quitara las esposas, Betiana Zapata habla sin ganas de recordar mientras la voz se le va perdiendo en el canal de su garganta. Es la primera vez que se suelta de la mano de su amiga Vanesa y entonces se tapa los ojos, como si así pudiera espantar esas imágenes que describe del mismo modo en que podría decir “miren lo valiente que soy, todo lo que soporté”. Eso, en definitiva, es mejor que ser una víctima.

“Yo tengo los recortes de los diarios con lo que dijeron de nosotras –-dice Vanesa– y juré que los iba a quemar todos cuando esto terminara. Porque yo no soy solamente la pobrecita del cabaret, yo hice lo que pude por mis hijos.” Tiene 22 años, Betiana 21. Acaban de ser condenadas por delitos graves –privación ilegítima de la libertad, lesiones y reducción a la servidumbre contra una compañera de cautiverio en el cabaret llamado Puente de Fuego, en la localidad de Inriville, Córdoba–, pero puestas en libertad en virtud de que les aplicaron la pena mínima como un gesto necesario para distinguir su responsabilidad de la del dueño del local, Jorge González, condenado a 14 años por los mismos delitos más promoción y facilitación de la prostitución. En definitiva, lo que separaba a Vanesa y a Betiana de quien figuraba en la causa como única víctima, Sandra Amaya, era el tiempo que habían pasado en ese encierro donde las explotaban sexualmente. “Nosotras no podíamos ayudarla, Don Jorge nos tenía amenazadas, le teníamos mucho miedo”, dicen.

Las chicas respiran hondo, vuelven a abrazarse. Ya caminaron un par de cuadras juntas, saltando como colegialas en el Día de la Primavera al ritmo de la música de un altoparlante que convoca a los estudiantes y corta la quietud del mediodía en Villa María. Apenas les dieron la libertad buscaron la calle como enajenadas, olvidándose incluso de quienes las apoyaron en estos cuatro meses que estuvieron sentadas en el banquillo de los acusados. Ni siquiera saben dónde están sus documentos, no tienen dinero en el bolsillo ni pudieron retirar sus pertenencias del penal de esa localidad. Pero lo primero es lo primero y ellas quieren festejar a lo grande una libertad doble: salieron de la cárcel, pero además y por primera vez desde que eran niñas pueden creer que no volverán a la prostitución y entonces piden helado y hacen memoria y fuman y hacen planes.

–¿Por qué creés que tu papá no quiso saber nada más de vos después de esa violación?

La pregunta es para Betiana, retomando su primer recuerdo.

–No sé, no sé qué habrá pensado. Yo estaba en la calle porque tenía que ayudar a mi mamá, nosotros somos ocho hermanos, ya ni me acuerdo cuántos mayores y menores tengo, pero yo era la única que ayudaba. Y cuando me pasó eso creí que no servía para otra cosa. Así seguí.

–¿Cómo?

–Y... en la calle. Hasta que me agarró una mujer y me llevó a San Jorge, en Santa Fe, con un tipo que se llamaba Miguel Martínez, porque en la calle te maltratan mucho. Pero ahí fue peor. Yo no sabía que le daban plata por mí. A lo mejor a mi familia también le dieron, de eso te das cuenta después. Porque siempre es así, alguien te encuentra, te lleva a un boliche y le pagan por vos. Martínez pagó 50 pesos, pero después a Mangacha, la que me llevó a Puente de Fuego, le pagaron 100.

–¿Cuánto tiempo estuviste en San Jorge?

–No me acuerdo, porque ahí me pegaban mucho, me quemaban con agua caliente. Porque a veces no quería trabajar porque yo era chiquita. Yo siempre dije que tengo la culpa de todo lo que me pasó, no sé. Yo tenía el sueño de tener un hijo, siempre lo tuve, y ahí en San Jorge quedé embarazada, pero la mujer de Martínez no quería que lo tuviera porque decía que era de su marido. Y me pegó hasta que me lo hizo parir y después me mandó al kiosco a comprar pañales mientras yo me iba en sangre. Cuando volví, la beba estaba muerta. La pusieron en una bolsa y la tiraron a la basura y después me mandaron a otro lado.

Vanesa vuelve a agarrar la mano de su amiga. Las dos se conocieron en Puente de Fuego, el cabaret de Inriville donde permanecieron dos años, hasta ser detenidas, juntas, en el penal de Villa María.

–A Puente de Fuego llegué porque no daba más. Cuando la Mangacha me dijo que me iban a tratar mejor que en los lugares de Santa Fe, agarré viaje. Y al principio no me pegaban ni nada, pero nunca me daban plata. Yo tenía que cumplir una plaza de 30 días y estuve dos años. Tenía que pagar los preservativos, la comida y todo lo que usara para higienizarme, desde jabón de la ropa hasta desodorante

–¿Qué es una plaza?

–Es así, cuando a vos te llevan a un lugar arreglan con el que te llevó cuánto te vas a quedar, si diez días, quince o un mes, según cómo rindas. Eso lo hacen en todos los boliches, a las pibas nos llevan y nos traen; más a las menores, porque no te tienen que ver. A veces pagan con plata y a veces te cambian por droga. En todos lados es así, no solamente en Puente de Fuego.

–Yo tuve que empezar a los 13 –se suma Vanesa– porque venía el Nachito, mi hijo más grande, y mi mamá me había echado de mi casa y yo andaba en la calle. Ahí vino el Luis Saldaña, que trabaja en el peaje, y me llevó primero a El Cisne, en Inriville, y después a Puente de Fuego. Pero como Saldaña me llevaba y me traía me dejaban ir a mi casa. Porque cuando fui a lo de González ya tenía una nena, y yo le llevaba plata, les hacía los cumpleaños, para mí eso era un sueño. Mi familia no quería saber nada de lo que hacía.

–Pero si podías ir a tu casa, ¿no podías dejarlo a González o denunciar que les pegaba?

–¿A quién? ¿A los policías que tenía que atender gratis? Si a mí me iban a buscar a mi casa y me volvían a llevar. Una vez que quise volver en micro me pegó y me dejó encerrada 45 días, yo le mostraba el papelito del micro y no me creía que venía de mi casa. Y yo lloraba, la Valeria Calderón le decía a Don Jorge (González) que yo estaba mal y que me dejara hablar con mis hijos; porque en ese tiempo adelgacé como ocho kilos. Lo que pasa es que ella también dormía encerrada en la casilla. Cuando la sacaba a ella y se iba, nosotras le gritábamos que ya estábamos despiertas, si nos podía abrir para salir al patio. Y ahí en esas veces la íbamos a ver a la Maru, porque así le decían a Sandra.

–¿Alguna vez pensaron que las iban a detener por lo que le había pasado a Sandra?

Betiana: –No, yo no podía creer lo que decían de mí, ¿para que la iba a obligar a prostituirse si yo no ganaba nada? A mí me avisó Valeria Calderón que Sandra se había escapado cuando lo metieron preso a Don Jorge.

Vanesa: –Para mí fue un alivio cuando supe, porque todas sufríamos por lo que nos hacía hacer. Ya no me importaba si él estaba preso. Porque se aprovechaba. Siempre que llegaba una chica la llevaba atrás del cementerio de Inriville y ahí la hacía tener relaciones aunque no quisieras. Abusaba. Porque además no se lo podías contar a nadie. La vez que me lo hizo a mí, a los dos días de llegar al cabaret, no podía trabajar a la noche, me sentía mal.

–¿Y ahora qué les gustaría hacer?

B.: –Yo estaba estudiando la primaria en la cárcel, a mí me gustaría seguir. Y quiero ir a buscar a mi mamá. Porque ella una vez me fue a ver cuando me detuvieron en la alcaidía de Marcos Juárez y me dijo que me iba a seguir a todas partes pero no la vi más. Y no tengo su teléfono; pero para mí es lo más grande que hay, es mi vida entera, yo no creo que ella me haya vendido, ella me pidió que la ayude cuando era chiquita y yo la quería ayudar.

V.: –Para mí lo primero es ver a mis hijos, hace dos años que no los veo. Y después voy a golpear puertas, creo que me tienen que dar una oportunidad, lo voy a seguir pidiendo hasta que los canse, algún día lo voy a lograr. Mientras duró el juicio me rendí casi todas las materias de primer año, con buenas notas. Eso estaría bueno, yo quisiera ser maestra jardinera.

–¿Qué les pareció la sentencia para González?

B.: –El nunca va a terminar de pagar lo que nos hizo, pero tampoco es el único. Lo que digo es que tendría que haber ido con la verdad y entonces no tendría tanta bronca. Pero ahora se ríe de nosotras, cuando nos cruzábamos en los calabozos los días de las audiencias, hasta nos dijo que íbamos a aparecer en una zanja.

–¿Tienen miedo?

V.: –Ahora no, no sé qué va a pasar cuando salga, pero ahora no tengo más miedo.

“Hay que estar muy atentos a la contención de estas chicas”, les pidió el presidente del tribunal, José Rocca, a Adriana Domínguez, de la Red No a la Trata, y a Graciela Vargas, de la Secretaría de Derechos Humanos mientras esperaban que terminaran las actuaciones para dejar en libertad a las jóvenes. Esa preocupación del magistrado es una pregunta abierta que intenta contestarse desde las ONG que se interesaron en el caso y que se planteó ante el Ministerio de Desarrollo Social. Porque lo cierto es que más allá de las intenciones, tanto Vanesa como Betiana, con 21 y 22 años recién cumplidos, no conocen más que el cautiverio de la prostitución y el de la cárcel y la calle se presenta como un papel en blanco sobre el que apenas saben escribir.

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