EL PAíS › LA ESCUELA EEM 3 DEL BAJO FLORES, EN TERRITORIO NARCO

En la zona de guerra

Los barrios Rivadavia e Illia, y la villa 1.11.14 viven una ola de violencia. Un cuerpo eviscerado, un chico de 17 baleado, un vigilador muerto son toques de la guerra entre pandillas de narcos que afectan en particular a la escuela del barrio. Una historia de supervivencia y de miedo.

 Por Cristian Alarcón

El cartel sigue en la pared, como un manifiesto. “Andar en grupo. Cuidarnos entre nosotros. No asustarnos. No dejar de venir a la escuela por miedo. No ser cómplice de un delito. No a la droga. Ni al paco. Ni a los narcos. Dale sí a la justicia y a la solidaridad.” Fueron los alumnos de segundo año de la EEM 3 del Bajo Flores quienes concluyeron que esas eran las primeras estrategias para evitar ser víctimas de la ola de violencia que contagió el miedo en la zona. Es apenas una de las señales del intenso conflicto urbano que repercute en la vida de quienes viven en los barrios Rivadavia e Illia, o en la villa 1.11.14. Ni las cartas urgentes de las directoras a sus supervisores contando cómo empeoró el asunto, ni las dos reuniones con el ministro de Educación porteño, ni el encuentro con un funcionario de segunda línea del Ministerio de Seguridad, ni la visita del comisario de la 34ª prometiendo una solución, trajeron tranquilidad a los que entran y salen de las escuelas. La aparición en un volquete de basura de un cadáver eviscerado, la muerte en una guerra de narcos de un alumno de 17 años y un vigilador privado que, según fuentes judiciales, accidentalmente murió al clavarse una reja escolar en la ingle pusieron a las escuelas en alerta.

“Por ahora entramos y salimos en grupos –cuenta a Página/12 la directora Marta Miranda–. Acortamos la jornada. Aceleramos el cierre del ciclo. Y dicen que nos mandan una combi para que entre y saque a los profesores hacia las avenidas porque ya no pueden caminar solos por el peligro que corren. Lo que no sabemos es cómo será el futuro. Cómo haremos para que la escuela sea respetada como un lugar neutral.”

Ese es uno de los dilemas, quizás el que más carcome el pensamiento de esta mujer entregada a la docencia que de ratos no sabe por qué dejó todas sus horas de clase, ese deambular que le gustaba, por estar al frente de esta media manzana de aulas llenas. Son 700 los alumnos de la Escuela de Educación Media 3 del Distrito 19. La 3 del 19 le dicen los docentes en su jerga jurisdiccional. A la vuelta, en la misma manzana, tiene una vecina más chica, no menos heroica, la EEM 5, Distrito Escolar 19. Allí estudian de noche unos 90 pibes. Son los que participan del Programa de Reingreso que les da la oportunidad de terminar el secundario a los que hayan pasado dos años sin ir a colegio alguno.

El jueves al atardecer se reunieron, planchados y elegantes, en el acto de fin de curso. Fue en el Club Deportivo Riestra, que relucía decorado con globos multicolores en el escenario y flores de cinta de regalo colgando del techo. Desde el fondo, y con música, avanzaron hacia el escenario los nuevos escoltas y el nuevo abanderado. Arriba, emocionados, duritos, presenciaron la ceremonia los seis primeros egresados. “En nombre de nuestra gente, de nuestra tierra, de nuestra cultura, de nuestro futuro, ¿se comprometen a llevar la bandera con honor y respeto?”, preguntó Elena Canadell, directora del EEM 5.

Después del volquete

“En abril-mayo empezamos a notar asaltos más seguidos, en horarios más tempranos. Antes la dificultad la teníamos salpicadamente y en el horario de egreso de la escuela. Luego comenzó a ser desde las cinco de la tarde. Uno de nuestros alumnos fue asaltado tres veces en un mes.” Elena habla con orgullo a pesar de todo. Esos pibes en el escenario la pelearon, dice. La mayoría sin padres o con padres con hondas tragedias personales, solos casi, se han rescatado de la calle y encontraron refugio en la escuela. Es el caso del chico del que habla. Ya en 2004, tímido e inteligente, hijo de una familia boliviana, dejó el barrio Rivadavia. Se fue a Lugano por miedo a terminar mal. A comienzos de octubre, antes de la aparición del cuerpo en el volquete, llegó a la escuela asustado: le habían dado un culatazo en la cabeza para sacarle la mochila por tercera vez en la esquina de la calle Barros Pasos con Agustín de Vedia. La directora avisó a su familia y lo acompañó en una ambulancia del Same a suturarle la herida al Hospital Piñero, cuya guardia es el patio de los lamentos de las víctimas del Bajo. “Cada vez que llega el horario de salida –cuenta Elena–, lo acompañamos cualquiera de los docentes que venimos en coche, lo sacamos a él y a otros hasta alguna avenida.”

Con los y las docentes de las escuelas del Bajo Flores pasa lo que pasa cuando uno cruza fronteras y se detiene a escuchar: al ritmo cotidiano de la faena se le suman momentos de tensión y violencia que alguna vez sorprendieron, pero que se han convertido en parte de la escena habitual. Así el robo en las cercanías del colegio, las amenazas y los golpes se filtran como tics, como síntomas de un trasfondo siniestro en el que al robo menor y cotidiano de los pibes adictos al paco se le suma el gobierno del narcotráfico de mediana escala, sus leyes cruentas para combatir por el territorio, su desprecio por la vida humana. Así lo entendió, de manera súbita, una mañana de lunes, el 10 de octubre, la directora del EEM 3, Marta Miranda. “Yo llegué a las siete y media a la escuela –recuerda–. No pude pasar porque la policía cerraba el paso. Vi que miraban un cuerpo tirado en el piso. Luego todos supimos que era una persona que no tenía vísceras, que era lo que se llama un mulo que llevaba la droga en el estómago. Eso provocó una cosa muy fuerte en la escuela: por primera vez lo que pasaba habitualmente en todo el barrio, en la villa, estaba ahora pasando afuera, había como una extensión y el colegio entraría en ese nuevo territorio.”

Esa mañana no fue un sobresalto sólo para Mirta, los docentes de la EEM, los alumnos, los vecinos, todo el barrio. También lo fue para varios fiscales, y para este cronista. Desde temprano corrió la mala noticia. A sólo horas de publicarse la investigación que por primera vez daba cuenta de que siete cadáveres de personas ingestadas con cápsulas de cocaína aparecieron desde el 2005 sólo dentro de la ciudad, un eviscerado era tirado en el volquete de basura de Agustín de Vedia y Chilavert, a metros de la puerta de la escuela más grande del Bajo. La coincidencia era espantosa: quien haya sido ese correo humano había muerto, según los peritos, a las dos de la mañana, la misma hora en que salió a la calle el diario con la tapa que titulaba “Envases descartables”. “Es un mensaje mafioso para los que investigamos”, dijo una alta fuente judicial bien temprano. Dos de sus colegas repitieron la lectura del hallazgo del cuerpo. Entre ellos un investigador de Pompeya: “No pueden haberlo dejado justo donde es nuestra jurisdicción, a dos cuadras de donde comienza la de otra fiscalía cuando somos nosotros los que tenemos varias de las causas complejas vinculadas al narcotráfico”.

En el barrio, en la escuela, las preguntas se multiplicaron. Parecía peruano o boliviano. Tenía las uñas de los pies y de las manos pintadas de rojo. Las cejas depiladas. Aunque no tenía implantes en los pechos parecía ser una travesti. “Color trigueño, cabellos negros, largos; ojos pardos, peso: 55 kilos, nariz mediana, barba afeitada del día”, describe un informe pericial. Desnudo, lo habían envuelto prolijamente en una frazada de dos plazas. Cuando lo desenvolvieron notaron que había sido abierto a lo largo y ancho del abdomen con brutalidad. No presentaba el mismo cuidado que algún experto, quizás un cirujano, tuvo para eviscerar a otras dos mulas del narcotráfico en la ciudad en el último año. Aunque el empaque del cuerpo se parecía al de la mula que fue tirada en Lacarra y Riestra envuelta en una alfombra, a ésta, de 1,45, entre los 35 y los 45 años, no le ligaron los intestinos ni el colon. Simplemente quitaron, según la autopsia “estómago, páncreas, bazo, riñón izquierdo, intestino delgado y grueso, hasta sigmoides distal”. Luego le hallaron una cápsula olvidada en el esófago. Ni los vecinos ni los investigadores aciertan aún sobre el porqué “lo sembraron” junto a la escuela. Sólo hay dos hipótesis: o fue una de las grandes bandas para comunicar que nadie debe hacer negocios de manera independiente. O es una de las bandas que disputan el territorio intentando “ensuciar” a Salvador, el líder narco de la 1.11.14. “Durante muchos años el barrio vivió, como cualquier otro, sus episodios de violencia. Pero había un código de que la escuela no. Eso se mantuvo siempre. Y ahora da la impresión de que eso se quebró.” Mirta Miranda revisa la historia de su escuela, la EEM 3, y señala septiembre como el mes clave. De a poco las peleas entre alumnos por un lado y entre alumnas, por otro, se volvieron más frecuentes. A la pregunta sin respuesta de ¿por qué acá?, se le contestaba con trompadas a la salida. Entonces una mamá hizo una denuncia penal por golpes y amenazas a su hija. Y en los anchos pasillos, en las aulas, en el patio, las discusiones empezaron a subrayar palabras que estaban vedadas hasta el momento. “Nuestros chicos empezaron a acusarse entre sí diciéndose que los padres de unos u otros podían estar en la droga –repasa Miranda–. Digamos que después de muchos silencios empezaron las palabras. Transa, ése es el peor insulto.” Los mismos chicos lo repiten reunidos en la puerta. “Vos le decís, calláte, tu viejo es transa”, suele ser el dardo, dicen.

Después de Brian

En el acto escolar del Club Riestra falta un pibe. Se llamaba Brian Vigiano. Tenía 17 años. Su muerte, a manos de los transas más organizados del barrio Rivadavia, fue apenas el comienzo de un guerra que duró varios días. Y cuyos efectos permanecen. En el salón se reparte una pequeña revista escrita por los alumnos de 4o 1ra. del EEM 5. En sus páginas hay una nota sobre el origen de la salsa, un top ten del género en el que se mezclan Jerry Rivera, Willy Colón y Héctor Lavoe, perfiles de capos del fútbol, una encuesta en la que gana Boca por el 48 por ciento, y un crucigrama. Trae un diccionario que ilustra sobre el significado de fisura –“persona que se pierde en la droga”–, huampudo –“hombre al que se le es infiel”–, rastrero –“ladrón”–, niño rata –“ladrón”– y papá garrón –“que se hace cargo de un hijo que no es suyo”–. Y una página dedicada a Brian. “Siempre en nuestro recuerdo. Además de la tristeza –escribieron los chicos de 1ro. 2o–. Bronca, porque no podemos entender qué pasó, por qué lo perdimos de esa manera, y también porque no es imposible cambiar lo ocurrido. El miedo, se asoma cuando reconocemos que el barrio está cada día más peligroso y que la muerte, como a Brian, puede sorprendernos antes de tiempo.”

El tiro en el pecho de Brian fue parte de una progresión de violencias que se hacían sentir en las puertas de las escuelas. En el EEM 3 los preceptores del turno vespertino tuvieron que desalojar la sala en la que trabajan porque los tiros sonaban demasiado cerca. Amenazaban con pasar el gran ventanal que da a la calle. El estruendo de las balas se escucha desde las aulas del EEM 5. La directora cuenta cómo cuando ha estado a punto de salir ha tenido que retroceder hacia el fondo del colegio con sus alumnos y esperar a que la batalla pasara. Luego, rezar que los chicos lleguasen bien a su casa. Manejar rápido y alerta. Dejar a algunos en las paradas de los micros. Marcharse con el aliento contenido. “Lo de Brian en realidad en la escuela no nos sorprendió. Lamento decirlo, porque la muerte de un chico de diecisiete debería sorprender a todos, pero se venía diciendo, era algo que estaba en el ambiente”, reconoce. Cinco de sus estudiantes se mudaron de barrio, dejaron la escuela porque sobre ellos pesa una amenaza de muerte segura. “Los hace desertar la violencia.”

Para enfrentar la angustia y el miedo en el EEM 5 el consejo consultivo, un mecanismo de participación que este año incluye a los tres turnos y los plantea como una sola escuela, convocó a una jornada completa de reflexión. Se suspendieron las clases y en grupos de dos cursos juntos leyeron una crónica publicada en Página/12 que narra la guerra tras la muerte de Brian. Luego vieron un documental premiado hecho sobre la historia de la escuela. Y por fin discutieron, hablaron de todo y escribieron sus conclusiones en grandes carteles. Algunos de ellos están aún en las paredes del colegio, como el que da comienzo a esta nota.

La última de las alarmas fue más sangrienta que las anteriores, aunque a todas luces, según la fiscalía que investigó el hecho, y los testigos –tres cartoneros y un vecino– fue un accidente. El vigilador privado Raúl Acevedo fue hallado colgando de las altas rejas que rodean al EEM 3. Aún no están listas las pericias toxicológicas que permitirán probar si, como se dice hasta el momento, estaba borracho y por eso, al llegar tarde a asumir su turno el domingo 12 de noviembre, entre las 22.15 y las 22.30, intentó pasar por el cerco con tal mala suerte que resbaló y se clavó el metal en forma de flecha en la ingle por la que pasa la arteria femoral. Fue la directora, otra vez, la que tuvo que enfrentar el drama. Llevarlo al hospital Piñero, llamar a la empresa Kellensego SRL, para la que trabajaba, y por fin escribir una dura carta al Ministerio de Educación porteño. “Solicito que se investigue lo sucedido, perjudicando aún más la gravedad del tema por el contexto en que se encuentra. Esto aumentará el temor de los docentes por la inseguridad que se vive en la zona, sintiéndose desprotegidos, provocando un perjuicio a su rendimiento y compromiso con la escuela”, redactó. El 14 de noviembre docentes de todas las áreas fueron recibidos en su despacho por Alberto Sileoni, ministro de Educación de la ciudad. Otras reuniones se dieron luego, una con el subsecretario de Seguridad Urbana, Manuel Iruza. Los funcionarios de Educación convocaron a los de Seguridad. Los de Seguridad le dijeron a Página/12 que el problema es de la Secretaría de Seguridad Interior, de Nación. En Interior dijeron que los comisarios han ordenado patrullajes especiales a fin de año, porque es una época en que se recalientan ciertas zonas y que no tiene mayores novedades de la zona. El lunes lesionaron a una docente del EEM 3 al robarle la cartera. El viernes intentaron robar a otro profesor. Cuando a las nueve y cuarto de la noche Elena Canadell se fue a su casa después de una semana intensa estaba sola.

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La escuela en el Bajo Flores, el volquete donde apareció el cadáver y uno de los pasillos de la villa donde los narcos juegan a la guerra territorial.
Imagen: Pablo Añeli
 
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